Cómo sentir el poder sanador de la naturaleza

Por: Lala Córdoba
Un paseo por la montaña, contemplar el cielo azul, escuchar el ritmo del mar o caminar con los pies descalzos sobre la hierba. Todas son experiencias que relajan, renuevan y nos conectan, y en todas está presente la naturaleza. Sabemos que estar al aire libre rodeados de vida nos hace sentir bien, pero lo novedoso es que los médicos recomienden paseos por el bosque o pregunten si tenemos vistas desde nuestras casas.

El botánico Clemens G. Arvey, en su libro El efecto biofilia, descifra cómo la naturaleza actúa de manera terapéutica. Muestra cómo la medicina natural recurre desde hace milenios a las plantas medicinales, a los alimentos o al agua como elementos terapéuticos, pero va más allá y señala cómo “el efecto biofilia” comienza al abandonar el asfalto de las ciudades, para rodearse de plantas, animales y tierra.

Nos sentimos bien al socializar, encontramos paz y refugio cuando vamos a un bosque, al mar, miramos muros verdes o estamos con nuestras mascotas.

La palabra “biofilia”, proveniente del griego, hace referencia al amor a la vida. El primero en usar el término biofilia fue el psicólogo Erich Fromm, quien sobre ella afirmó: “[Es] la pasión por todo lo viviente, es una pasión y no un producto lógico”. Posteriormente, el biólogo especializado en evolución Edward O. Wilson, de la Universidad de Harvard, profundizó el concepto para crear una hipótesis según la cual el contacto con la naturaleza es esencial para el desarrollo psicológico humano.

La teoría del Dr. Wilson sostiene que los millones de años durante los cuales el Homo sapiens se relacionó con su entorno de manera estrecha, creó una necesidad emocional profunda y congénita de estar en contacto cercano con el resto de los seres vivos, ya sean plantas o animales. La satisfacción de ese deseo vital tiene la misma importancia que el hecho de entablar relaciones con otras personas. Así como nos sentimos bien al socializar, encontramos paz y refugio cuando vamos a un bosque, al mar, miramos muros verdes o estamos con nuestras mascotas.

No es lo mismo el otoño en Mendoza, árboles amarillos.

Por su parte, Roger Ulrich, profesor de arquitectura y ciencias de la salud en la Universidad Técnica Chalmers, en Suecia, ha demostrado que el hecho de mirar el verde de los árboles, a través de la ventana de un hospital, acelera la recuperación tras una operación.

En el ámbito de los estudios con niños, un reciente estudio de investigadores del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) constató que crecer en zonas verdes tiene efectos positivos en el desarrollo cognitivo de los niños. El estudio evidenció, por primera vez, que la exposición a zonas verdes en la infancia está vinculada con cambios positivos en las estructuras cerebrales. Con una muestra de 253 niños de distintas zonas de Barcelona, los investigadores probaron que los niños que viven en hogares rodeados de espacios más verdes tienden a presentar mayores volúmenes de materia blanca y gris en áreas del cerebro vinculadas a la función cognitiva del cerebro.

El trabajo publicado en la revista científica Enviroment Health Perspectives considera que las zonas verdes ofrecen a los menores una serie de mecanismos para estimular, de forma positiva, el desarrollo cerebral. Por ejemplo, el contacto con pulmones verdes en la ciudad “proporcionan a los niños oportunidades de restauración psicológica y estimulan actividades como la creatividad, el descubrimiento y la asunción de riesgos”.

Montañas nevadas al costado de un lago turquesa.

Lo sabemos de forma intuitiva y la ciencia lo constata cada vez más: nuestro organismo no es una isla, está en relación profunda con el entorno. El sistema inmunológico es sensorial y se encuentra en intercambio permanente con los sistemas nervioso y hormonal, y además con el ambiente. De todas estas relaciones depende en buena medida la salud.

Sobre este punto, investigadores japoneses han aportado pruebas sobre cómo quienes habitan en zonas boscosas tienen menos riesgo de padecer cáncer. Aseguran que respirar en un bosque es como tomar un elixir curativo. Además han probado que las excursiones por el bosque reducen la presión sanguínea y la frecuencia cardíaca.

La acción química directa de la naturaleza se refleja no solo en la fisiología, también ocurre a través de la percepción. El cerebro posee estructuras que interpretan continuamente, de manera inconsciente y autónoma, lo que sucede en nuestro entorno. Para nuestro cerebro no es lo mismo caminar por un prado con flores que hacerlo por el centro de una ciudad. El cerebro valora el entorno, da órdenes diferentes al organismo y ellas pueden favorecer la aparición de enfermedades o la recuperación.

Por todas estas razones, el autor Clemens G. Arvay afirma: “¡no existe mejor psicólogo que la naturaleza!”


Lala Córdoba

Amante de la naturaleza, la alimentación consciente, la bicicleta y el fútbol. Es socia de Índigo y miembro de Ser Consciente. Ha acompañado talleres de sanación emocional y meditación con Verónica Aquistapace en Buenos Aires, Mendoza y Playa del Carmen (México).

 

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Mujeres vestidas con diferentes colores en Colombia.