El caso Egg: Tecnología educativa para salir del cascarón

Por: Ishwara
Resulta un desafío clasificar a Ignacio Gómez Portillo. Puede decirse que nació en Mendoza (Argentina), es Doctor en Física y dirige el proyecto educativo Egg. También que ha recibido la atención de centros educativos, empresas y aun del Gobierno nacional, por la inmensa capacidad de su método para crear procesos de aprendizaje profundo a través de la cooperación. Sin embargo, estas descripciones resultan limitadas. Pasan pocos minutos de conocerlo, para darse cuenta de su estatura intelectual y la complejidad de su pensamiento. Pero justo cuando se piensa que permanecerá en encumbrados edificios teóricos, desciende rápidamente para usar metáforas e historias. Incluso se apropia del lenguaje de su oyente, para traerlo a su terreno y hacer que su interlocutor sienta que comprende aunque sea un poco la profundidad de sus ideas.

Justo cuando se está listo para ponerle las etiquetas del “científico” o el “profesor”, surgen las facetas de empresario y estratega. El primer año abrió su preuniversitario en medicina con ocho estudiantes, cuatro años después Egg cuenta con cinco preuniversitarios, dos cursos (Programación y Marketing digital), más de seiscientos alumnos presenciales y presencia con su método en doce colegios de Mendoza.

Cuando se han avanzado en estas capas, surge quizá la más interesante: la del visionario. Su pasión, coherencia y lucidez hacen que la visión de Egg no parezca una utopía: “Nuestra meta es cambiar la educación del mundo y que nadie quede afuera”.

Ignacio Gómez Portillo es un convencido del poder de la construcción colectiva. Por ello, siempre habla de su equipo y en especial de su compañera Carolina Pérez Mora. Sobre ella afirma: “Es el corazón de Egg. Es luz y sonrisa infinita. Cuando la conocí pensé que no era posible estar siempre así; ahora estoy convencido. Ella se ha adaptado a todas las necesidades del proyecto y lo más importante siempre creyó”.

Este es un diálogo con el hombre lúcido, apasionado, comprometido y comprensivo, que está uniendo la mente, el corazón y la acción para cambiar la forma de aprender.

Ignacio Gomez Portillo de Egg Educación en retrato

 

Ishwara: ¿Cuáles son los factores que despiertan tu interés por la Física?

Ignacio Gómez Portillo: Se unieron dos hechos: el primero, un gusto por la Matemática y la curiosidad por aprender. El segundo, el interés por aportar de alguna forma a cambiar el mundo. Desde mi visión de niño comencé a observar a personas a mi alrededor y me encontré con una disyuntiva: todas eran buenas personas que querían el bien para la sociedad, pero peleaban por la forma de construirla. Era como si fueran para el mismo lado, pero los caminos estuvieran en direcciones opuestas.

Llevado a lo tangible, sería la eterna lucha entre capitalismo y comunismo, modelos antagónicos que en definitiva buscan un bienestar para la sociedad. Esto me generaba ruido y me preguntaba: “¿Existirá una forma de construir un conocimiento que nos perminta ponernos de acuerdo?” La Física me llamó la atención, porque parte del hecho empírico, sigue un método científico y si aparece la contradicción ésta se descarta. Además dentro de la comunidad pueden existir formas distintas de interpretar resultados, pero a la larga el conocimiento es equivalente.

Estudias tu licenciatura y tu Maestría en el Instituto Balseiro de Bariloche y obtienes tu Doctorado en Barcelona. Presentas tres tesis. ¿Cómo evolucionan los problemas que te planteas y en qué punto llegas al problema de la Cooperación?

Al terminar la licenciatura busqué un tema afín a lo social y en el Instituto Balseiro hallé los sistemas complejos. Estudié las redes complejas, tratando de entender la estructura de interacciones entre los seres humanos. Me pareció interesante que, por ejemplo, sin importar el tipo de individuos ni las interacciones estudiadas aparecían patrones que se repetían universalmente.

Cuando terminé mi Maestría, me fui un año a La Plata. En ese tiempo estudié de forma autodidacta Sociología y Filosofía. Me presenté a la beca en Barcelona y comencé a estudiar dinámica de poblaciones, que consiste en entender el movimiento de los individuos en el entorno. Puede tratarse de un ser humano, un animal o una planta.

En este proceso de encontrar mis intereses, hay una anécdota. En Barcelona las manzanas son grandes y en el centro hay una plaza. En las noches, me sentaba en dichas plazas y veía los edificios. Observaba las luces, miraba a las personas y trataba de imaginarme sus vidas. Mi objetivo era cada vez tener más consciencia sobre todos. Primero una luz y una historia, después dos, luego la manzana entera y finalmente sumaba otras manzanas. Procuraba mediante este ejercicio hacerme una idea más abstracta de la sociedad. Lo interesante es que en ese proceso empecé a volverme más sociable, amable, empático, amoroso; en otras palabras, experimenté el acto de dar de una forma que no había experimentado antes.

Un día, me levanté, me miré al espejo y no me reconocí. Si a la larga había millones de luces, miles de millones de luces, entonces ¿qué significaba mi vida? Sentí mucha tristeza, no quería levantarme, dejé de ir a mi trabajo y no respondía llamadas. Pasé algunos días en este estado y un día miré mis piernas y me descubrí de nuevo. Este es mi cuerpo. Está bien, hay millones, pero: “¡Éste es mío y eso me diferencia!” Entonces descubrí un hecho que después puse en palabras: “Vivimos en una dualidad: somos emperadores de una población de células y al mismo tiempo somos una célula de la sociedad”.

Lo que exacervé fue la célula de la sociedad y me olvidé del cuerpo, que es el imperio que uno controla. Fue una sensación de explosión, volví a trabajar. Escribí a 45 científicos en el mundo para preguntarles sobre las relaciones entre física y seres humanos. Un día llegó un mail, con un artículo llamado: “The evolution of  Cooperation” (1984) de Robert Axelrod. Este científico fue asesor científico de Bill Clinton y resolvió un problema muy grande que tenía en ese momento la ciencia: entender a la humanidad por fuera de la genética. El problema de la cooperación se había resuelto hasta llegar a la familia, pero la familia era una barrera impermeable, que no permitía entender por qué ocurría en la sociedad.

En este tiempo ocurrió otra anécdota: estoy caminando por Barcelona y ¡sentí un huevo dentro mío! Estuve semanas sintiéndolo. Lo dibujé, me hice un montón de preguntas y lo identifiqué con esto que había encontrado de la cooperación. Fue simultáneo, apareció este artículo y apareció el huevo.

El secreto de la cooperación es que a medida que aumenta la cantidad de gente que la integra, mejoran los resultados promedios.

¿Y qué hiciste con ese huevo?

Empecé a pensar en qué significaba. Lo asocié justamente con un proceso de incubación de la comprensión de la cooperación. Durante tres meses casi no dormía, fui extremadamente feliz, me acostaba, pero tenía pensamientos tan intensos que no podía dormir. Fueron meses durante los cuales descubrí ese elemento que conectaba la Física, la Matemática y mis inquietudes sobre los seres humanos.

Obtienes tu doctorado en Barcelona y regresas a Argentina en un programa del gobierno para repatriar científicos del exterior. ¿A qué escenario llegas y cuáles son los primeros pasos en la práctica de la cooperación en el aula?

En el transcurso de mi doctorado, surgen en el mundo algunos experimentos sobre la cooperación en lo humano, pero son limitados, pues duran horas o semanas. Entonces me preguntaba: “¿Qué pasaría si uno hace experimentos en poblaciones reales?” Seguramente sería más difícil medirlo, pero mejoraría la sociedad y si el desarrollo es suficientemente grande podría medirse.

Al llegar a Mendoza, ingresé a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO), empecé a dar clases en dos materias: Electromagnetismo y Redes Complejas y Física Social, una materia que propongo. Electromagnetismo es una materia avanzada, un filtro, y pocos alumnos obtienen buenos resultados. Tenía de ocho a diez alumnos y vi la posibilidad de empezar en esa aula, porque el secreto de la cooperación es que a medida que aumenta la cantidad de gente que la integra, mejoran los resultados promedios.

Empecé a aplicar lo que al principio estaba muy lejos de la realidad, tenía fórmulas, ideas, conceptos y, por otro lado, humanos. El concepto central era estimular la conexión entre los chicos y probar nuevas prácticas para unirse. Poco a poco empecé a notar que mejoraba la motivación y eran más empáticos. Empezaron a liberar temas que llevaban guardados durante varios años de Universidad y encontraron en el espacio un canal de salida. Se sintieron empoderados y cuando se exponía un nuevo tema eran ellos quienes lo exponían, no yo. Yo era como un mediador, un director de esas energías. Allí empecé a notar resultados: en una materia donde sólo aprobaban tres alumnos de diez, comenzaron a aprobar ocho o nueve, con el mismo nivel de exigencia.

Intenté llevarlo a los primeros años de la Universidad y tuve la suerte de que estos alumnos eran del Centro de Estudiantes. Ellos pidieron una reunión con las autoridades y solicitaron que me dejaran innovar al comienzo de la carrera. Eso abrió una puerta y cuando quise hacer los mínimos movimientos para empezar, aparecieron actores responsables del área académica, quienes me dijeron que no podía implementar mis propuestas. Me dijeron que volviera a la práctica habitual y si no lo hacía debería irme. Entonces me fui.

La tesis que confirmé es que cuando aumentaba la conexión entre estudiantes mejoraba su rendimiento y su calidad de vida.

Con un recorrido en la academia, ¿cuáles fueron las razones para iniciar un preuniversitario?

Fueron tres razones: la primera, había descubierto un potencial en las metodologías que no quería interrumpir, pero no era entendido por algunos miembros de la academia. La segunda, los preuniversitarios son la instancia donde se acumulan todos los desperfectos de la educación, porque se ven las brechas entre lo recibido en la secundaria y lo que se necesita en la universidad. La tercera, porque no tienen burocracia, es un negocio privado donde el alumno te elige.

Luego de abrir el preuniversitario, elegimos el examen de Medicina de la UNCUYO, que es el más difícil de Mendoza; sólo el seis por ciento de la población que aplica ingresa (sólo 120 de 2.000). Esta decisión tuvo como propósito validar externamente los resultados de nuestro método.

De los ocho estudiantes que recibieron en el primer año, a los más de 360 alumnos que tienen por corte hoy, ¿qué resultados han reafirmado la eficacia de la metodología Egg?

Hoy la tasa de ingreso del alumno que no es de Egg sigue siendo el 6%; es decir, no ha cambiado la dificultad del examen. Nosotros estamos en una tasa entre el 36 y el 40%, entre 6 y 7 veces arriba de la media.

Ignacio Gómez Portillo y Carolina Pérez Mora, fundadores de Egg Educación en Mendoza

Egg ha sido un viaje desde las preguntas y experiencias internas, pasando por la investigación científica, hasta la consolidación de una tecnología educativa. En esta travesía, ¿qué tesis has confirmado y cuáles rectificado?

La tesis que confirmé es que cuando aumentaba la conexión entre estudiantes mejoraba su rendimiento y su calidad de vida. En el camino, me di cuenta de que el proceso de interacción dependía mucho de mí, de que yo los traccionara como líder. Yo tenía una motivación muy fuerte y eso no era tan fácil de comunicar a todos los profesores. Entonces aprendí que debía buscar reglas que estuvieran fuera de mí, para que la interacción ocurriera sin la presencia permanente de un líder. Es decir, que el líder fuera un impulso, pero el método en sí asegurase el aprendizaje más allá del docente. Docentes maravillosos hay muchos, pero son pocos respecto al total; por eso, la solución debía ser algo que fuera independiente del docente.

En nuestra metodología, el foco es el alumno en lugar del docente. El estudiante no es un recipiente que recibe información, sino que es una persona que aprende de adentro hacia afuera. Más allá de las teorías que hablan del aprendizaje colaborativo y valoran el trabajo en equipo como un complemento de la clase tradicional, para nosotros la cooperación está en el centro. Otro elemento diferenciador es que la diversidad es fuente de aprendizaje. No busco uniformizar, buscamos los posibles matices humanos y los mezclamos en una forma en la cual se enriquezcan más. Esa diversidad la logramos a través de las rotaciones que producimos en el aula, así nos aseguramos que todos los días los jóvenes compartan con un grupo distinto.

Con esta metodología, los estudiantes mismos eligen a sus líderes, que son líderes de aprendizaje. No necesariamente saben más que los demás, sino que saben manejar las energías de la mesa para que ese desarrollo sea óptimo. Quien más aprende es quien más se entrega. Es el juego de quien da más al otro y es la confirmación de que dar es recibir.

¿El futuro de Egg? ¿Hacia adónde están yendo ahora?

La verdad es que nunca quisimos un pre, siempre fue una excusa para hacer un laboratorio. Lo que hemos logrado es sintetizar los elementos centrales de la metodología y hacer que se transporte y se aplique en otro lado independientemente de Egg y la Cultura de Egg con los mismos actores que hoy tiene el sistema y funciona. Lo bueno es que es muy transportable.

Nosotros, ahora, estamos entrando a doce colegios, pensamos que nos iba a llevar tres meses la transición y van tres semanas de clases y ya está hecho. El objetivo es que se pueda hacer sin ni siquiera nuestra intervención, ese “paquete” en video, texto, aplicación que un colegio lo pueda agarrar o un docente en su materia y lo pueda incorporar o una facultad o cualquier lugar donde se dé una clase y tenga alumnos y un docente pueda reconfigurar la lógica y el orden para que surjan estos emergentes.

Fotos: Cortesía Egg Educación.

 


Ishwara

Nació en Colombia. Director de Hojas de Inspiración. Conferencista, escritor y meditador. Director de Proyectos de la organización New Future Society.

 

Contáctanos

Si tienes alguna sugerencia o si conoces alguna historia inspiradora.

Sofía Pescarmona