El arte de contemplar en la tormenta

No se trata de ir hacia delante buscando soluciones, instrumentos más potentes o simplemente dinero, ni de ir hacia atrás, como querrían algunos conservadores, sino de ir más allá, es decir, redescubrir la tercera dimensión en nosotros preguntándonos una vez más cuál es el sentido de la vida, de la realidad y nuestro papel en ella. 

Raimon Pannikar, 2011

 

La meditación no consiste sólo en sentarse tranquilamente a la sombra de un árbol y relajarse para disfrutar de un respiro en las actividades cotidianas, sino en familiarizarse con una nueva visión de las cosas, una nueva forma de gestionar los pensamientos, de percibir a los seres y el mundo de los fenómenos. 

Matthieu Ricard, 2005

 

Por: Ishwara

Aparecen nubarrones y en la distancia retumban los truenos. Levantamos la mirada, pero volvemos a nuestras vidas. Caen gotas, se intensifican y aceleramos el paso. Pensamos que será como otras tormentas, pero el temporal arrecia. Entonces protestamos, aunque la única solución es refugiarnos. Llegamos a nuestro hogar con ropas mojadas y frío en los huesos. Afuera, la tormenta avanza y pisa el terreno de lo desconocido. Tomamos una ducha, vestimos ropas secas y preparamos una bebida caliente. En ese instante podemos contemplar la tormenta: las gotas que se deslizan por los cristales, su ritmo en el asfalto y su transformación en arroyos. El color gris despierta nostalgias; los relámpagos a la vez suscitan vulnerabilidad y asombro. Nos sentimos pequeños, pero nuestro corazón es capaz de albergar lo sublime.

En los últimos meses hemos vivido uno de los grandes desafíos globales y la alegoría de la tormenta inspirada en un texto del maestro zen Thich Nhat Hanh (2014) sirve como un mapa para comprender nuestras reacciones individuales y colectivas durante la crisis del Covid-19. Primero, llegaron noticias sobre un virus en China y vimos nubarrones lejanos. Después recibimos las informaciones de contagios en Italia y España, entonces la atención y la empatía se activaron. En las latitudes latinoamericanas, nuestros líderes (y luego nosotros) hicieron uso del “sesgo optimista”  y luego del “sesgo de disponibilidad” (Salas, J. 2020); es decir, minimizaron la posibilidad de que el virus llegara a nuestra región, y cuando las gotas nos mojaron equipararon una circunstancia desconocida con la tranquilizadora “gripe común”. La emergencia al otro lado del océano encendió las alarmas y puso en marcha los confinamientos. La disrupción global se hizo evidente y el exceso de información ahondó la incertidumbre. La tormenta comenzó a dar visos desconocidos. En cada nación y con diferentes escalas se revelaron las falencias de los sistemas de salud, las debilidades institucionales, el talante de los liderazgos y la exacerbación de los conflictos sociales. Con las semanas aparecieron las dicotomías: detener la propagación veloz de la pandemia o cuidar la economía; implementar aislamientos estrictos o respetar la libertad de movimiento; vigilar la intimidad a través de la tecnología o promover las comunidades activas en el cuidado, entre otras. 

Como especie hemos evolucionado para aplacar los miedos primitivos y hasta hoy buscábamos domarlos mediante la razón, el método científico y los datos empíricos. Pero la sensación de seguridad y orden se desmoronan ante la sana humildad epistemológica de los expertos que afirman “no sabemos”. 

En los últimos meses, las mejores mentes del planeta y la mayor cantidad de recursos han estado dedicados a resolver este entuerto. Quienes no estamos en la primera línea de contención ni pertenecemos a los grupos de especialistas, bebemos a grandes sorbos la última información y procuramos familiarizarnos con cifras de contagio, decesos, recuperados, modelos matemáticos, picos… y una completa “gramática”, que nos ayude a comprender: ¿por qué el mundo como lo conocíamos no volverá, hasta cuándo viviremos esta pesadilla o cuál de los futuros posibles se hará realidad? Pero más allá de la curiosidad, la avidez informativa está relacionada con nuestra dificultad para lidiar con lo incierto. En una lúcida entrevista, la investigadora Atocha Aliseda, especialista en filosofía de la medicina, afirmó: 

No estamos listos para la incertidumbre. O para que los propios investigadores o los propios políticos que utilizan estos datos digan: “La verdad, no tenemos idea”. El primer ministro holandés hizo una declaración […] y es que se estaban tomando el ciento por ciento de las decisiones con el cinco por ciento de la información. Con la lógica […] tenemos la certidumbre […] Con la probabilidad, lo que estamos midiendo es el riesgo: conocemos cuáles son nuestras incógnitas y lo que tenemos que hacer es calcular bien. Pero en el terreno de la incertidumbre, que es en el que estamos, no sabes ni siquiera cuáles son tus escenarios posibles (Budasoff, E. 2020).

Como especie hemos evolucionado para aplacar los miedos primitivos y hasta hoy buscábamos domarlos mediante la razón, el método científico y los datos empíricos. Pero la sensación de seguridad y orden se desmoronan ante la sana humildad epistemiológica de los expertos que afirman “no sabemos”. Esta disolución de las certezas se ahonda cuando el Director General de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom, por citar un ejemplo, afirmó recientemente que: “No habrá retorno a la normalidad en el futuro previsible”. O cuando el epidemiólogo Anthony Fauci, Director Nacional del Instituto sobre Alergias y Enfermedades Infecciosas de los EE.UU. y quien ha estado al frente de la pandemia en ese país, afirmó en repetidas ocasiones que la batalla frente al Covid-19 se estaba perdiendo. 

 

Con la catarata informativa aparecen unos “datos” más inmediatos provenientes de nuestro cuerpo: tensiones, dolores, alteraciones del sueño o cambios en el apetito; nuestras emociones: ansiedad, enojo, tristeza o miedo; nuestros pensamientos: ideas catastróficas, negación, cinismo o deficiencias de memoria, y  nuestras relaciones: agresividad, distanciamiento, dificultad para establecer rutinas o aislamiento. Estas experiencias hacen parte de lo que el psicólogo argentino Luciano Grasso, ex Director Nacional de Salud Mental y Adicciones de Argentina, denominó “la curva que no vemos” (2020). Pues mientras en la mayoría de las naciones hay una tendencia a aplanar la curva de contagios y decesos, los escasos estudios muestran un aumento en la curva de problemas de salud mental. Lo anterior, debido a tres factores: primero, algunos pacientes con patologías mentales han visto restringidos sus cuidados; segundo, quienes han padecido de forma directa los efectos del coronavirus han manifestado también desafíos mentales; tercero, el grueso de la población confinada, con dificultades económicas y expuesta al caudal informativo, podría estar en riesgo sin el adecuado cuidado. 

Con la misma preocupación, la institución colombiana Profamilia realizó una encuesta, que contó con el apoyo del Imperial College of London, donde se entrevistaron 3.549 personas. El 75% afirmó haber padecido alguna afectación en su salud mental durante la cuarentena, siendo el rango entre los 18 y 29 años el más afectado (El Espectador, 2020). Como respuesta a los hallazgos, esta institución y la Fundación Santo Domingo crearon la plataforma “Porque quiero estar bien”, para recibir atención psicológica de forma gratuita. Esta iniciativa es un ejemplo del esfuerzo, aún exiguo, de los profesionales de la salud mental, las organizaciones privadas y los gobiernos para responder a un pilar social que se ha visto agrietado.

“He podido observar crisis de angustia y ansiedad asociadas al coronavirus. Cuando tengo la oportunidad de profundizar, aparece presentificada la muerte, la real relacionada con el fin físico, pero sobre todo la relacionada con lo indecible, la que se remonta al vacío” Carolina Funes, Psicóloga

Adicionalmente, los desafíos psicológicos suscitados por la pandemia han abierto el camino para miedos primordiales y preguntas existenciales. La psicóloga Carolina Funes, del área de urgencias del Hospital y Escuela de Salud Mental Dr. Carlos Pereyra de Mendoza (Argentina), en entrevista personal afirmó: “He podido observar crisis de angustia y ansiedad asociadas al coronavirus. Cuando tengo la oportunidad de profundizar, aparece presentificada la muerte, la real relacionada con el fin físico, pero sobre todo la relacionada con lo indecible, la que se remonta al vacío. El desbordamiento se produce por la posibilidad de la propia muerte y la de seres queridos. Considerando además que el grupo de riesgo son los mayores de sesenta años, esto representa la posibilidad de perder a los padres o abuelos; es decir, que caigan nuestros referentes y así experimentar la orfandad”. 

En momentos de profunda disrupción son imperativos los abordajes que integren un amplio espectro de dimensiones y hagan uso de todos los recursos humanos de comprensión. En una emergencia sanitaria se debe escuchar con atención la voz de la ciencia médica, pero a la vez es necesario considerar que hay en juego factores psicológicos, culturales y de ajuste estructural. Además sería pertinente poner al servicio de la complejidad distintas realidades de la experiencia humana a las que accedemos con diferentes “ojos”. El “ojo de la carne” (sensibilia) nos permite aproximarnos a la realidad empírica; el “ojo de la mente” (intelligibilia) nos capacita para hacer uso de los instrumentos de la razón, y “el ojo de la contemplación” (transcendelia) nos abre las puertas del Silencio y el Misterio (Wilber, K. 2011: 97-102). Cada una de estas formas de aprehensión tiene sus formas de adiestramiento, métodos, criterios de validez y confirmación. En tiempos del coronavirus hemos oído la voz del ojo de la carne, representada en los datos y los estudios. También hemos asistido al despliegue de tesis, análisis, síntesis e inferencias del “ojo de la razón”. Sin embargo, han sido escasos los espacios para vivenciar el “ojo de la contemplación”. Esta puerta a la realidad tiene una larga tradición tanto en oriente como en occidente, en lo que algunos autores han denominado “sabiduría perenne”. Pero debido a la constante vinculación con los dogmas, las crueldades cometidas en su nombre, el rechazo por parte de los racionalistas, la petición de pruebas empíricas por parte de los empiristas o la sospecha de manipulación por parte de los materialistas, hemos ido perdiendo una valiosa capacidad humana.

 

Aclaremos e insistamos: la ciencia, los datos y la razón son faros esenciales en esta crisis humana. En esa línea nos adscribimos a la postura de autores como el doctor Hans Rosling (autor de Factfulness), quien con su equipo puso en evidencia cómo la ignorancia sobre la información refuerza sesgos y prejuicios. Además, los problemas mentales producto de este trauma colectivo deben ser atendidos por la red de profesionales de la salud capacitados y los sistemas de salud deben robustecerse en esta dirección. También somos conscientes de que en momentos de miedo e incertidumbre las salidas mágico-míticas están a la vuelta de la esquina, y resulta tentador entregarnos a soluciones milagrosas que detengan la tormenta. Sin embargo, no estamos hablando de una regresión, de una negación a la magnitud del problema ni de una renuncia a la evidencia o la razón. Estamos refiriéndonos a una invitación para recobrar una dimensión humana, una forma de estar en el mundo, que nos permita acceder a una profundidad, amplitud y elevación del Ser. Algunos autores se refieren a esta experiencia como “sacra, numinosa, espiritual, mística o trascendental”. Así la describe el pensador Raimon Pannikar: 

La mística no aspira a pensar el Ser, sino a “dejarlo ser”; no quiere penetrar en su interior (indagar la verdad, conocer la realidad), sino que más bien deja que el ser mismo se vierta (deja que la verdad se revele, que la realidad se realice) y que fluya libremente (2015).

Un trato con una realidad de esta naturaleza puede generar ciertas interrogantes, pero en instantes donde es desafiante pensar el presente y el futuro está despojado de certidumbres, sería al menos una aventura explorar prácticas para que el ser mismo se vierta y la realidad se realice. Quizás en esa espontaneidad de quien observa el flujo en lugar de ser arrastrado por él, nuestras reacciones instintivas se apacigüen y emerjan respuestas que abracen la tormenta con resiliencia y creatividad.

La palabra “meditación”, en una bella referencia del sacerdote y meditador Pablo D’Ors proviene de: “meditatio una palabra latina que significa stare médium, lo que significa ‘permanecer en el centro’. La meditación es un peregrinaje a nuestro centro”.

Aproximémonos pues, poco a poco, a este ámbito del ojo contemplativo. Etimológicamente, la palabra “contemplación” viene del latín contemplari que significa “mirar atentamente un espacio delimitado”. Tiene en su raíz la palabra templum, cuyo origen indoeuropeo hace referencia a “un lugar reservado al culto”. Por su parte, la palabra “meditación”, en una bella referencia del sacerdote y meditador Pablo D’Ors proviene de: “meditatio una palabra latina que significa stare médium, lo que significa ‘permanecer en el centro’. La meditación es un peregrinaje a nuestro centro” (2015). Si miramos hacia oriente, el término sánscrito empleado para referirse a esta experiencia en el yoga y parte del budismo es Bhāvanā, que puede ser comprendido como la acción de cultivar o desarrollar una naturaleza o mente luminosa. En budismo tibetano, se emplea el término Gom, entendido como familiarizarse con una visión clara y justa (Ricard, M. 2009).  

Estas definiciones de contemplación y meditación nos hablan de un conjunto de prácticas que mediante su cultivo nos permiten ubicarnos en el centro de nosotros mismos; familiarizarnos con lo que ocurre en esta forma de percepción; mirar atentamente ese espacio que se va delimitando, y entrar en contacto con una “mente luminosa”, hasta que en ese “espacio” se erija un templo. Como aseguran varios maestros, específicamente en la tradición del budismo zen, se trata de “sentarse y nada más” (zazen), pero este sería el final de la historia, cuando hemos recobrado la “mente del principiante”. Escuchemos al gran maestro Shunryu Suzuki: 

Para los estudiantes Zen, lo más importante es no ser dualistas. Nuestra “mente original” lo incluye todo en su seno. Siempre es rica y suficiente en sí misma. […] Esto no significa tener la mente cerrada, sino tenerla vacía y preparada. Si tu mente está vacía, siempre está preparada para cualquier cosa; está abierta a todo. En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la mente del experto hay pocas (2012).

Mujer sentada en un banco mirando el horizonte.

 

No obstante, explorar las definiciones y acercarnos a un propósito como el de la “mente vacía” no necesariamente nos permitirá acceder a la experiencia. La maestra de meditación Lakshmi Devi propone en su texto “La magia de Estar” cuatro estados para iniciar una práctica contemplativa: la quietud, el dejar ir, la calma y la paz. Con el primero, afirma, aprenderemos la importancia de crear pausas en la vida, con el fin de preparar la mente para dejar el mundo de los sentidos. En el estado de dejar ir, mediante la atención y la respiración, nos permitiremos un estado de relajación, contención y sosiego. Luego, para entrar en la calma nos daremos cuenta de la cascada de pensamientos y mediante objetos de concentración (palabras, focalización en partes del cuerpo o imágenes) comenzaremos a reducir el caudal. “Vamos a emplear diversos métodos, que nos conducirán a unir la mente y el Ser. Cuando se logre este estado aparecerán un gran alivio y claridad”. Por último, la maestra inglesa propone el estado de la paz, donde tendrá lugar la meditación: “Con la mente más templada y silenciosa seremos conscientes de que somos más que nuestros pensamientos y encontraremos un observador, que es nuestro Ser Interior” (2018).

En nuestros lugares de aislamiento podemos comenzar a explorar pequeñas pausas de silencios intencionales, siempre recordando que se trata de un modo diferente de experiencia al “ojo de la carne y el ojo de la mente”, por lo cual requiere paciencia y entrenamiento. El solo acto de sentarse y detenerse ya representa una meta en sí misma en el escalón de la “quietud”. Las expectativas y los logros, tan caros al mundo de los sentidos y la inteligencia, no son el fin de la práctica. Como afirma el filósofo Byung-Chul Han: “El detenimiento contemplativo es una praxis de la amabilidad. Deja que suceda, que acontezca, se muestra conforme en vez de intervenir” (2015). Con respecto al proceso de “dejar ir”, la autocompasión será la aliada, especialmente frente a una crisis como la que estamos viviendo, porque surgirán las emociones que hemos estado negando o reprimiendo. Es entonces el tiempo de refugiarnos y darnos cuenta de que tras la tormenta nuestras ropas están mojadas y tenemos frío. Pero con nuestra bondad amorosa y cuidado será posible atenuar el sufrimiento, el miedo y el enojo. Dejar ir también significa derramar lágrimas, como lo hacían los padres del desierto: “Quien guarda luto pasa por las lágrimas y queda así interiormente limpio. En la vida monástica primitiva se cantaba la alabanza a las lágrimas. Las lágrimas limpiaban el alma y la hacían fructificar. Las lágrimas son la expresión de una verdadera experiencia divina” (Grün, 1999).

La experiencia de reconocer, acoger y dejar ir requiere un proceso de desidentificación, de consciencia testigo, que nos permite darnos cuenta de que tenemos un cuerpo, unas emociones y unos pensamientos, pero existe una parte de nosotros que puede observarlos. Esta “metacognición” abre el camino a la concentración en un objeto y la calma en el proceso contemplativo. A medida que se entrena esta facultad de discernimiento es posible encontrar una tercera vía a la dualidad entre represión e identificación. Entonces podremos asumir las circunstancias con una mayor agilidad emocional (término de la psicóloga de Harvard Susan David, 2018), reconociendo que las condiciones exteriores despiertan reacciones emocionales y sufrimiento, pero dándonos cuenta de que este refugio interno es un oasis en el desierto.

Hoy, cuando el mundo del pasado se ha desvanecido; el presente se define por el transcurrir del virus y las decisiones frente al confinamiento, y el futuro pendula entre distopías y optimismos exagerados, el llamado al autocuidado y a la búsqueda del propio centro parecen pertinentes.

A medida que recorramos una y otra vez estos tres estadios (quietud, dejar ir y calma) se irá allanando el terreno para la paz o felicidad profunda. Así la define el monje budista Matthieu Ricard: “Sukha es el estado de plenitud duradera que se manifiesta cuando nos hemos liberado de la ceguera mental y de las emociones conflictivas. Es, asimismo, la sabiduría que permite percibir el mundo tal como es, sin velos ni deformaciones. Es, por último, la alegría de caminar hacia la libertad interior y la bondad afectuosa que emana hacia los demás” (2005).

Hoy, cuando el mundo del pasado se ha desvanecido; el presente se define por el transcurrir del virus y las decisiones frente al confinamiento, y el futuro pendula entre distopías y optimismos exagerados, el llamado al autocuidado y a la búsqueda del propio centro parecen pertinentes. Como afirma Pablo D’Ors: “Casi todos los frutos de la meditación se perciben fuera de la meditación. Algunos de estos frutos son, por ejemplo, una mayor aceptación de la vida tal cual es, una asunción más cabal de los propios límites […], una mayor benevolencia hacia los semejantes, una más cuidada atención a las necesidades ajenas, un superior aprecio a los animales y a la naturaleza, una visión del mundo más global” (2014).  

Sólo el ojo de la contemplación es capaz de hallar el significado existencial y la plenitud tras los velos de este desafío. La experiencia meditativa y el encuentro del propio templo pueden prepararnos para avivar nuestro coraje y compasión, nuestra “espalda fuerte y frente suave” (en términos budistas). El crecimiento de esta dimensión permite abrazar la incertidumbre, el fracaso y la muerte, y desde esta totalidad de la experiencia cultivar la humildad, el aprendizaje y el renacimiento. 

 

Referencias:
Budasoff, E. 2020. “No estamos listos para la incertidumbre”. El País. 25 de abril.
Byung-Chul Han. 2015. El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder Editorial: Barcelona.
Carbajosa, A. 2020. El éxito de la canciller científica que encandila al mundo. El País. 26 de abril. 
David, S. 2018. Agilidad emocional: Rompe tus bloqueos, abraza el cambio y triunfa en el trabajo y la vida. Editorial Sirio:España.
D’Ors, P. 2014. Biografía del silencio. Madrid: Editorial Siruela.
El Espectador. 2020. “Cuarentena ha afectado la salud mental de los colombianos, revela encuesta de Profamilia”. 4 de mayo.
Frankl, V. 1999. El hombre en busca de sentido último. Paidós: Barcelona.
Grasso, L. 2020. “Coronavirus y salud mental: la curva que no vemos”. Perfil. 22 de abril.
Grün, A. 2008. Caminos a través de la depresión: Impulsos espirituales. Herder: México.
Devi, L. 2018. “La magia de Estar”. Deleite Profundo. 15 de junio.
Ricard, M. 2005. En defensa de la felicidad. Barcelona: Ediciones Urano.
Ricard, M. 2009. El arte de la meditación. Barcelona: Ediciones Urano
Pannikar, R. 2011. Iniciación a los Veda. Barcelona: Fragmenta Editorial.
Raimon Pannikar. 2015. “La nueva inocencia: Contemplación”. Obras completas. I. Mística y espiritualidad. Edición digital. Barcelona: Editorial Herder
Salas, J. 2020. “Los sesgos que engañan al cerebro durante la pandemia”. El País. 26 de marzo.
Suzuki, S. 2012. Mente Zen, mente de principiante. Madrid: Gaia Ediciones.
Thich Nhat Hanh. 2014. Felicidad: Prácticas Esenciales de Mindfulness. Barcelona: Editorial Kairos.
Wilber, K. 2011. El ojo del espíritu. Barcelona: Editorial Kairos.

Fotos: Portada, cortesía de Bill Hulse para Hojas de Inspiración. Foto 1, Morning Brew; foto 2, Avery Evans; foto 3, Sage Friedman (Unsplash).

Nota: Una versión de este artículo apareció publicado en la edición 863 de nuestro medio aliado la Revista Javeriana de Colombia.

 


Ishwara

Nació en Colombia. Director de Hojas de Inspiración. Conferencista, escritor y meditador. Director de Proyectos de la organización New Future Society.

 

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