El retorno al Amor: ¿El viaje de la vida?

Por: Verónica Aquistapace

¿Qué tal si hemos venido al mundo a transitar toda una experiencia circular que nos conduce a reaprender (con nuevos matices) lo que hemos nacido sabiendo?

Al llegar al mundo y por el lapso durante el cual somos bebés experimentamos la vida como si fuésemos ovillos de energía amorosa, dispuestos a dar y recibir amor sin mirar a quién ni de quién. Lo cierto es que por entonces no somos capaces de alimentarnos sin asistencia, no tenemos dientes para procesar el alimento, no podemos comunicarnos desde el lenguaje verbal y además portamos nuestros propios desechos en pañales sin poder hacernos cargo de eso. Y sin embargo, ¡somos tan plenos! No existe aún en nuestro interior esa voz del juicio, que sentencia, acusa y reduce nuestra percepción de nosotros mismos, y además atiende exhaustivamente a la opinión que los demás puedan tener respecto de nuestra forma de vivir. 

Por aquellos primeros meses en el mundo nos brindamos en sonrisas y miradas profundas, en las que se enjuga toda posibilidad de juicio. ¿Y si todo el viaje de la vida se tratara principalmente de recordar cómo hacer eso? Nuestra naturaleza está dada principalmente por el amor y la compasión. Las relaciones que establecemos constituyen, entonces, el más importante terreno de aprendizaje en el camino de recuerdo de nuestra esencia.  En ese rico campo de juego vivimos comunicándonos, consciente o inconscientemente, todo el tiempo. 

Manos sosteniendo a un bebé, fotografía en blanco y negro.

 

Aprender a comunicarnos con nosotros mismos desde una conexión profunda, como medio para comunicarnos con los demás es fundamental para que el transcurrir de nuestra vida sea armonioso y se construya sobre el sólido y plácido cimiento del amor. 

Ahora bien, si es posible que las relaciones sean uno de los componentes principales de nuestro paso por el mundo, siempre y cuando concibamos este paso como un sendero de evolución y crecimiento, bien vale intentar aprovechar cada encuentro como una oportunidad de compartir, aprender y, en definitiva, ser más conscientes. 

 

Comunicarse desde la esencia

 “La compasión se expresa de forma natural en el ser humano cuando su corazón renuncia a la violencia”, afirmaba Marshall Rosenberg, Doctor en Psicología Clínica, educador y reconocido mediador en conflictos internacionales, quien dedicó su vida a la creación y perfeccionamiento del proceso de comunicación llamado Comunicación No Violenta (CNV).

Rosemberg observó que ciertas formas de comunicación, tales como las demandas, las comparaciones entre las personas, la negación de responsabilidad y los juicios moralistas nos alienan de nuestro estado natural de compasión o solidaridad. Lo que normalmente sucede es que nos enfocamos en clasificar, analizar y determinar niveles de error en lugar de atender aquello que necesitamos (nosotros y los demás). Si mi compañero de trabajo se preocupa más que yo por los detalles, es “quisquilloso y compulsivo”. En cambio, si soy yo quien se preocupa más por los detalles, él es “descuidado y desorganizado”. (2006)

Al ser consciente de los efectos negativos que generan estas formas alienantes de comunicación, Rosenberg llega a la convicción de que la creación de un mundo pacífico implica necesariamente la eliminación de todo lenguaje que genere culpa, vergüenza, juicios, crítica y exigencias, pues estas actitudes sólo contribuyen a la violencia en las relaciones humanas.

Si una persona percibe una acusación directa en las palabras de su interlocutor, por lo general toma el camino de la defensa y el contraataque, impidiendo que se construya un puente entre las partes que les permita transitar a cada uno la mitad y encontrarse en el medio.

 

Comunicación No Violenta: Sentimientos, necesidades y autoempatía

Una de las bases del proceso de CNV es reconocer que nuestros sentimientos resultan siempre inseparables de nuestras necesidades. La causa de que experimentemos emociones no gratas siempre está vinculada con la insatisfacción de nuestras necesidades fundamentales. Por su parte, los comportamientos que llevamos a cabo en diferentes situaciones, también son intentos más o menos lúcidos o eficaces para satisfacer necesidades. Sin embargo, en muchas ocasiones no estamos en condiciones de explorar o contemplar cuáles son esas necesidades primordiales para cada uno. Por lo tanto, sin conectarnos con nosotros mismos, lanzamos palabras sobre los demás.

En consecuencia, la autoempatía resulta un componente esencial del proceso CNV, puesto que al tener real consciencia de lo que estamos sintiendo y necesitando, podremos pasar a la expresión honesta y a la conexión empática con los demás. 

“Cuando la gente habla sin saber lo que siente, necesita o pide, en lugar de participar en un intercambio de energía vital con otros seres humanos, se tiene la sensación de haberse convertido en una papelera adentro de la cual van a parar las palabras. […] en situaciones dolorosas, recomiendo que nos procuremos primero la empatía indispensable a nosotros mismos para trascender los pensamientos que invaden nuestra mente y así poder reconocer nuestras necesidades más profundas” (2006) (destacados míos).

Si una persona percibe una acusación directa en las palabras de su interlocutor, por lo general toma el camino de la defensa y el contraataque, impidiendo que se construya un puente entre las partes que les permita transitar a cada uno la mitad y encontrarse en el medio. Si en lugar de responsabilizar al otro por lo que sentimos, adjudicamos esas emociones a nuestras propias necesidades insatisfechas, sucede que se van levantando barreras y bajando las actitudes defensivas. Se hace mucho más posible el diálogo y se da espacio para la empatía y la compasión. Ser empático implica ver al otro ni más ni menos que como un ser humano con sus propias necesidades e intentar crear con él una conexión real. 

Jóvenes hablando frente a un proyector de imágenes.

 

Elementos de la CNV

El proceso de CNV es en sí mismo un camino vasto en sabiduría y profundo en descubrimientos para quien decida transitarlo. En un sucinto intento de clarificación, expongo aquí sus cuatro elementos esenciales:

  1. Descripción de observaciones. ¿Qué veo? Describir la situación como si fuéramos una cámara de video, reduciendo al mínimo nuestras interpretaciones de los hechos. Observaciones no son lo mismo que interpretaciones. La observación genera paz, la interpretación genera contracción. Tal como afirmó Krishnamurti: “Observar sin interpretar es la forma suprema de la inteligencia humana”.
  2. Expresión de sentimientos. ¿Qué siento? Desarrollar la autoempatía e identificar nuestros  sentimientos nos permite conectar más fácilmente los unos con los otros. De eso se trata la expresión honesta. Al intentar comunicarnos desde el sentir genuino, notaremos que “permitirnos ser vulnerables al expresar nuestros sentimientos, puede ayudar a resolver conflictos” (2006).
  3. Identificación de necesidades. ¿Qué necesito? Reconocer y mencionar nuestras necesidades. Sentimientos y necesidades son inseparables. Sentimientos agradables hablan de necesidades satisfechas y sentimientos desagradables hablan de necesidades insatisfechas.
  4. Realización de pedidos y acuerdos. Se trata de una petición por una acción específica, libre de demanda. Es importante que el pedido sea efectivamente un pedido y no una demanda ni una exigencia. Cuando una persona percibe que le están exigiendo algo sólo ve dos opciones: la sumisión o la rebelión.  Las peticiones se distinguen de las demandas en que uno está abierto a escuchar un “no” sin que esto detone un intento de forzar la situación. Si uno hace una petición y recibe un “no”, se recomienda empatizar con las necesidades que le impiden a la otra persona decir “sí”; reconocer qué está priorizando y siente, antes de decidir cómo continuar la conversación. Se sugiere utilizar en las peticiones un lenguaje claro, positivo y de acciones concretas. Los acuerdos, por su parte, deberán ser siempre de mutuo beneficio, donde las partes puedan ver que sus necesidades están siendo verdaderamente contempladas. 

La profundización en el proceso CNV nos permite ver que normalmente nos comunicamos en una doble desconexión.

Permítanme ofrecer un ejemplo de la vida cotidiana: observen la diferencia entre sentenciar a alguien lanzándole la oración: “¡Siempre llegás tarde, no te importa nada de mí y de mi tiempo!” (generalización y acusación), y enunciarle: “Las últimas tres veces que decidimos vernos llegaste cuarenta minutos tarde. Me siento realmente enojado, porque necesito respeto, consideración y la tranquilidad de saber que mis necesidades son contempladas seriamente” (observación, sentimiento, necesidad). A lo que podríamos agregar diferentes pedidos: “¿Estás dispuesto a que conversemos sobre los motivos que te hacen demorarte?” o “¿Creés que podrías optimizar tus tiempos y ser puntual la próxima vez?”. 

La profundización en el proceso CNV nos permite ver que normalmente nos comunicamos en una doble desconexión. Por un lado, quizás el primordial, estamos desconectados de nosotros mismos. La mente va por un camino donde niega o desconoce las emociones y la boca expresa sólo argumentos lógicos y acusaciones. Por otro lado, y como consecuencia de la primera desconexión, nos encontramos separados abismalmente del otro, por lo que en lugar de estar receptivos, “escuchamos” al otro pensando de antemano qué vamos a decir a continuación. 

Mujer y niña abajo de una tormenta con un paraguas.

 

Receptividad y empatía

Abrirnos empáticamente a recibir el sentir del otro es todo un arte en sí mismo. Como afirma Simone Weil, escritora y filósofa francesa: “La capacidad de prestar atención a la persona que sufre es muy rara y dificil; es casi un milagro. Es una capacidad que casi ninguno de los que creen tenerla tiene en realidad”. Se trata de intentar percibir, más allá de los dichos de otra persona, la expresión de sus sentimientos y necesidades. Cabe recordar que detrás de todas las palabras que hemos permitido que nos intimiden o violenten, no hay más que seres humanos con necesidades insatisfechas. Cuando la otra persona se siente comprendida se abre a una mayor posibilidad de escucha. Siempre que mantenemos la empatía, permitimos que el otro llegue a niveles más profundos de sí mismo, así como nos abrimos a explorar espacios desconocidos en nosotros. Tal como señala Rosenberg: “Al margen de lo que se esté diciendo, no hay nada que no pueda traducirse en sentimientos y necesidades comunes a todos los seres humanos del universo” (2006).

Parafraseando al filósofo chino Chuang-Tzu No se trata de escuchar sólo con los oidos o con el entendimiento, sino de escuchar con el alma, con todo el Ser, captar entonces de manera diferente aquello que se tiene delante.

La comunicación consciente, no violenta y compasiva es en sí misma una práctica espiritual, puesto que se trata de una herramienta para acercarnos como seres humanos. Si intentamos expresar nuestro dolor a los demás de una manera sincera y sin realizar acusaciones, a menudo descubriremos que incluso las personas que están sufriendo son capaces de prestar atención a nuestras necesidades. Por lo general, las situaciones cuando nos sentimos más resistentes a mostrar nuestra vulnerabilidad son aquellas en las que nos empeñamos en aparentar que somos “duros”, cuando en realidad sentimos un enorme miedo a perder autoridad o el control de la situación. 

Esta comunicación es entonces la puerta a nuevos y más altos niveles de consciencia en los humanos. Encontramos en ella la posibilidad de desarrollar el arte de experimentar la comprensión respetuosa de lo que estamos sintiendo y de lo que los demás están vivenciando. Parafraseando al filósofo chino Chuang-Tzu: No se trata de escuchar sólo con los oídos o con el entendimiento, sino de escuchar con el alma, con todo el Ser, captar entonces de manera diferente aquello que se tiene delante, de una forma que jamás podría oírse a través del oído ni comprenderse con la mente. 

Cuanto más nos conectemos con las emociones y necesidades de los demás, menos temeremos abrirnos. Cuanto más nos liberemos del miedo a la vulnerabilidad, nos atrevamos a sentir nuestros verdaderos sentimientos y reconozcamos nuestras necesidades, menos acusaciones y juicios lanzaremos. Y será entonces cuando la comunicación humana cumplirá verdaderamente el rol que supone desde su raíz latina: compartir, poner en común, realizar una comunión. Podemos hacerlo, sin dudas, pues es así como vinimos “de fábrica”: capaces de reconocernos los unos en los otros y encarnar nuestra compasiva esencia amorosa.

 

Fragmento de una entrevista con el Doctor Marshall Rosenberg

 

Referencias:

Rosenberg, Marshall B. 2006. Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida. Buenos Aires: Editorial Gran Aldea

Fotos: Portada, Liane Metzler; Foto 1, Isaac Quesada; Foto 2, Etienne Boulanger, y Foto 3, , J. W. Ju  (Unsplash).

 


Verónica Aquistapace

Conferencista y terapeuta. Nació en Buenos Aires. Brinda talleres de meditación y desarrollo personal. Es la fundadora de la iniciativa SER Consciente. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación con orientación en Procesos Educativos de la Universidad de Buenos Aires.

 

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