El solsticio de invierno y la naturaleza interior

Por Verónica Aquistapace

El pasado sábado 20 de junio, en el hemisferio sur del planeta, transitamos una vez más el solsticio, la noche más larga del año, que marca el comienzo del invierno. La NASA explica este hecho astronómico de la siguiente manera: “Durante los solsticios, la Tierra alcanza un punto donde su inclinación está en el ángulo más grande con respecto al plano de su órbita, haciendo que un hemisferio reciba más luz del día que el otro”. Es el día más corto, puesto que el ocaso comienza más temprano y el alba más tarde.

Miro alrededor y por doquier me encuentro inmersa dentro de ciclos: el día muere para que la noche nazca, la luna crece y decrece a lo largo del mes, las estaciones pintan su trazo indefectible sobre el paisaje, etc. Me hallo sumida en la ciclicidad de mi propia experiencia humana: de niña a mujer, y ojalá algún día, a anciana con alma de niña. Y dentro de esos ciclos que se incluyen unos a otros, esta semana la estrella más importante del firmamento inicia uno nuevo. El solsticio es, simbólicamente, la muerte y resurrección del sol. Durante este momento el astro alcanza su máxima declinación sobre el ecuador, parece hundirse en un abismo cósmico para resurgir, poco a poco, en un nuevo tiempo de vida.

Tradiciones antiguas y contemporáneas han celebrado el “resurgimiento del sol” como una de las festividades fundamentales y sagradas.

Manly P. Hall, autor canadiense especializado en religión y mitología, afirmaba en una de sus charlas en el Philosophical Research Society: “No ha habido ningún pueblo que no haya atravesado algún tipo de fase de simbolismo solar en su filosofía, ciencia y teología. El sol ha dominado así todas las artes, ha estado involucrado en todas las teorías de armonía musical (recordemos que Pitágoras, según la tradición es el hijo de Apolo, el dios del Sol y de la métrica). Encontramos registros de esto en todas partes porque el Sol  (y particularmente sus equinoccios y solsticios), representa la restauración anual de la vida, símbolo de la gran resurrección de todas las cosas existentes,  la gran redención, la elevación de toda la vida de la oscuridad a la luz”.

El solsticio es, simbólicamente, la muerte y resurrección del sol. Durante este momento el astro alcanza su máxima declinación sobre el ecuador, parece hundirse en un abismo cósmico para resurgir, poco a poco, en un nuevo tiempo de vida.

Los pueblos originarios de los Andes,  entre ellos nuestros Huarpes, celebran en estas fechas el Inti Raymi (en quechua “fiesta del Sol”), ceremonia religiosa en honor al Inti (el padre sol). Se realiza cada solsticio de invierno y representa el comienzo de un nuevo año andino, probablemente una de las festividades espirituales más importantes de esa cosmovisión. Si bien la tradicional escenificación en Cusco (que congrega cerca de ochenta mil personas cada año) se ha visto cancelada por primera vez desde 1944, como medida preventiva por el Covid-19, el espíritu de la celebración palpita dentro de los corazones de la población andina. 

Tribu de personas festejando el solsticio de invierno.

 

Por su parte, en Europa, el calendario juliano destacaba el solsticio de invierno (en el hemisferio norte) el día veinticinco de diciembre en lugar del veintiuno. De ahí que las celebraciones más importantes tengan lugar en esa fecha. Ese día se conmemoraba la natividad del Sol, pues se trata del momento cuando los días comienzan a alargarse. No es de extrañar que el cristianismo escogiera esta fecha para celebrar el nacimiento del niño Jesús; de hecho, la historia de la Navidad no puede aislarse del solsticio de invierno. Los cristianos también participaban de las celebraciones, que se realizaban normalmente el 25 de diciembre con luminarias, como símbolo del resurgimiento de la luz. A partir del siglo IV, se decidió solemnizar la Navidad este día, para facilitar a los romanos la conversión al cristianismo sin tener que abandonar sus festividades.

Existen también celebraciones del solsticio de invierno fuera de Europa y América. En Japón, por ejemplo, se festeja el resurgimiento de Amaterasu Okami, la diosa del sol en el sintoísmo y a quien se considera antepasada de la familia imperial de Japón. El mito cuenta que en una ocasión la deidad se escondió en una cueva y el mundo se vio sumido en las tinieblas y el frío, hasta que los otros dioses (kamis) ejecutaron una ceremonia para recuperar la luz. En el solsticio se celebra la salida de Amaterasu Okami de su escondite y su retorno a los cielos.

Nos encontramos atravesando en estos días un momento especial del año. ¿Qué tal si nos damos el permiso de aprovechar lo que trae consigo? Imaginemos que, desde el punto de vista interior, este lapso nos propone algunas interesantes oportunidades a tener en cuenta.

Mujer sentada en un banco mirando el horizonte.

 

Vivir el solsticio conscientemente

El vocablo “solsticio” proviene del latín y significa literalmente “sol quieto”. El gran astro se detiene para comenzar un nuevo ciclo. Tenemos la posibilidad de conectarnos con esta influencia y aprovechar la pausa de nuestra estrella vital para detenernos, observar y retornar a nosotros mismos. Podemos, por ejemplo, regalarnos un respiro, un momento cada día de silencio contemplativo y quietud, para volver a vislumbrar nuestro camino. Sería crear un espacio para permitir que emerjan, desde el cese de estímulos y sonidos, los cambios creativos que podamos imprimir en nuestras historias de vida. 

Imaginemos que el solsticio nos propone una pausa de sobrecogimiento, de “meternos adentro”, para entrar en nuestra propia noche oscura. Muchas personas están enfrentándose en estos tiempos tan particulares de pandemia y crisis al vacío y la desolación, a la más absoluta incertidumbre e incluso desesperación, por el derrumbe de estructuras que creían sólidas. 

Si nos dejamos guiar por la observación de la naturaleza, el otoño que acaba de marcharse es una enorme alegoría de soltar, dejar ir, dejar caer. Las hojas se sueltan y se dejan llevar por el flujo de la vida, mientras los árboles entran en la quietud del invierno, los animales se preparan para hibernar y el clima recrudece. Momento de honrar el silencio y cultivar el espacio de pausa con nosotros mismos. De este modo, abrazaremos el desapego necesario para dejar de oponer resistencia a que se caiga lo ilusorio, lo perecedero, lo que no está demasiado sólido ni fuerte en nuestras vidas.

Tenemos la posibilidad de conectarnos con esta influencia y aprovechar la pausa de nuestra estrella vital para detenernos, observar y retornar a nosotros mismos.

Se trata, por lo tanto, de un momento donde es posible una suerte de “purificación”, una limpieza profunda que dé lugar a la renovación. Luego de la noche más oscura, sólo nos queda ver crecer la luz, cada día un poco más. A partir del solsticio las horas de luz comienzan sutilmente a extenderse, nos proponen comenzar a construir y sembrar. 

Como es afuera es adentro, nos susurra la sabiduría antigua. La naturaleza nos muestra, calladamente, que es momento de resurgir poco a poco, de a pequeños pasos, con la misma sutileza que ella esgrime y con la misma apacible certeza: la oscuridad ha sido vencida por la luz. 

Fotos: Portada, Marc Clinton; Foto 1, Renny Gamarra; Foto 2, Sage Friedman, tomadas de Unsplash.

 


Verónica Aquistapace

Conferencista y terapeuta. Nació en Buenos Aires. Brinda talleres de meditación y desarrollo personal. Es la fundadora de la iniciativa SER Consciente. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación con orientación en Procesos Educativos de la Universidad de Buenos Aires.

 

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