Parásitos: Cuando el olor del otro se torna insoportable

Dong-ik: Espera un momento. ¿De dónde viene ese olor?
Yeon-kyo: ¿Qué olor?
Dong-ik: El olor del Sr. Kim.
Yeon-kyo: ¿Sr. Kim?
Dong-ik: Sí.
Yeon-kyo: No sé a qué te refieres.
Dong-ik: ¿En serio? Debes haberlo olido. Ese olor que emana por el coche, ¿cómo se describe?
Yeon-kyo: ¿El olor de un anciano?
Dong-ik: No, no, no es eso.
Yeon-kyo: ¿Qué es? ¿Como un rábano viejo?
Dong-ik: No. ¿Sabes cuándo hierves un trapo? Huele a eso. De todos modos, aunque siempre parece estar a punto de cruzar la línea, él nunca lo hace. Eso es bueno. Le daré crédito.
Yeon-kyo: Sí.
Dong-ik: Pero ese olor cruza la línea. Se desplaza hasta el asiento trasero.
Yeon-kyo: ¿Qué tan malo puede ser?
Dong-ik: No lo sé. Es difícil describirlo. Pero a veces lo hueles en el metro. Hace años que no tomo el metro. La gente que viaja en metro tiene un olor especial.

 

¿Presentiría el director de Parásitos, Bong Joon-ho, el surgimiento de una pandemia estrepitosa que acabaría poniendo el mundo patas para arriba y desnudaría más que nunca las grietas de un sistema desigual donde la supervivencia es la premisa para todos? La respuesta más sensata sería: ¿Quién no?

El COVID-19 es un virus que nació en Wuhan (China), atravesó el mundo e hizo mella en Italia, avanzó como efecto dominó hacia España y el resto de la Unión Europea, hasta llegar con ímpetu a América y África. A la fecha hay más de 1,3 millones de personas en el mundo contagiadas y más de 76.000 muertes. Su antídoto más efectivo resulta ser el distanciamiento social y el confinamiento obligatorio. Sus consecuencias parecen múltiples y el dilema uno solo: ¿economía o salud? Sea como sea y aunque la disyuntiva para muchos se haya solucionando inclinando la balanza hacia un lado o el otro, hay una realidad y es que, en el abanico de posibilidades, el pobre pierde y el rico gana. Ahora bien: ¿se puede ganar en un mundo donde el “olor” a desigual es cada vez más fuerte y donde la lucha por la vida ya no es entre unos y otros sino entre todos y un enemigo invisible?

Ese enemigo puede ser hoy un virus, pero siempre lo ha sido el propio sistema. En tiempos de cuarentena, de aislamiento, de soledad, de reflexión nada mejor que escarbar en las profundidades del séptimo arte y dar con obras como la surcoreana Parásitos, que haciendo historia por su premio Oscar por Mejor Película ha desnudado con exquisita inteligencia (y nunca con mayor vigencia) los laberintos más oscuros de un sistema de opresores y oprimidos.

¿Se puede ganar en un mundo donde el “olor” a desigual es cada vez más fuerte y donde la lucha por la vida ya no es entre unos y otros sino entre todos y un enemigo invisible?

Parásitos: una historia cruda de desigualdades 

Resulta difícil, casi un despropósito escribir sobre Parásitos, la película surcoreana de Bong Joon-ho, que ha hecho historia con su reconocimiento  en diversos certámenes. Pero al mismo tiempo resulta una obligación ética hacerlo en tiempos donde levantar la voz contra la injusticia es una tarea inclaudicable. El fragmento elegido al comienzo evidencia el espíritu de la película. Destaca la genialidad del director a la hora de elegir el olor como leitmotiv y de resignificarlo hasta llevarlo al punto máximo que merece: el oler es un acto político.

Película Parásitos jóvenes en el baño buscando señal de wifi.

 

Navegando por la superficie de Parásitos y a modo de contextualizarla, podríamos decir que la historia comienza con los Kim, una familia pobre que sobrevive en un piso bajo en Seúl, mediante de trabajos precarios e incluso robando internet a sus vecinos. Sin embargo, todo cambiará cuando a Ki Woo, el hijo mayor de los Kim, sea recomendado para dar clases particulares de inglés en casa de los Park, una familia poderosa y adinerada de Corea del Sur. Dotado de un ingenio excepcional, el joven irá ganando la confianza de la señora de la casa para infiltrar progresivamente al resto de sus familiares en distintos puestos del servicio doméstico. La película será así una seguidilla de acciones tragicómicas que despertarán en el espectador estados de ánimos contrapuestos, pero que al final se sintetizarán en la imperante necesidad de deconstruir lo que nos ha sido impuesto: un sistema que oprime a opresores y a oprimidos, y se impregna sutilmente con sus sofisticados recursos en la memoria.

Así, la ecléctica obra de Bong Joon-ho, que alcanzó por primera vez un Oscar a Mejor Película otorgado a una producción extranjera, parece poner de relieve una vez más las desigualdades sociales, sólo que esta vez de una forma transversalmente creativa y oportuna.

Bong Joon-ho ha marcado la diferencia en sublimar el olfato que, por su sutileza, parece ingenuo pero que la historia de su uso demuestra lo contrario.

La desigualdad como discurso y práctica dominantes

Cuando hablamos de Parásitos hablamos de desigualdades. Podríamos pensar que por el enfrentamiento directo de pobres y ricos, Bong Joon-ho acota las desigualdades a la lucha de clases. Sin embargo, la película es un mosaico de críticas y deconstrucciones inimaginables.

Parásitos resume en sí los grandes preceptos de la historia que terminaron enfrentando a la humanidad en un discurso y práctica hegemónicos de dominación, donde siempre hay alguien que oprime y donde siempre hay alguien que es oprimido. Donde bien podría decir Hobbes “el hombre es lobo del hombre”; bien podrían reconocerse las  tesis del Manifiesto comunista de Karl Marx, o evidenciarse en las palabras de Virginia Woolf en Una habitación propia.

No por nada Antonio Gramsci decía: “Los hombres siempre toman conciencia de sí mismos y de su posición, y luchan en el terreno de determinada ideología. Y la ideología no es otra cosa que una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida personal y colectiva”.

Esa ideología que es en última instancia transversal a la humanidad, otorga el poder a unos pocos y obliga a la supervivencia parasitaria al resto. En este sentido, Bong Joon-ho ha marcado la diferencia en sublimar el olfato que, por su sutileza, parece ingenuo pero que la historia de su uso demuestra lo contrario.

Según un artículo de la Revista TICbeat “los olores son capaces de activar todas las regiones emocionales del cerebro gracias a la interconexión de las regiones cerebrales implicadas en el procesamiento de ambas sensaciones, siendo el sistema límbico (y en especial la amígdala) el centro por excelencia que las integra”. Así, explica el artículo, “las moléculas del olor entrarían por la cavidad nasal captadas por el epitelio, cuyas células receptoras conducen los mensajes al cerebro. Los aromas son procesados ​​primero por el bulbo olfativo, que corre a lo largo de la parte inferior del cerebro y que tiene conexiones directas con otras dos áreas del órgano, la amígdala y el hipocampo, responsables de la emoción y la memoria”. Finalmente, se reconoce que “ninguno de los otros sentidos pasa por estas dos partes del cerebro, lo que hace que el sentido del olfato sea el más exitoso para vincularse con sentimientos y experiencias pasadas”.

Con la explicación científica, podemos entonces navegar profundo en esta historia que a simple vista enfrenta a los Kim y a los Park pero que a fondo reflota las grandes tragedias de la humanidad donde “ninguno soporta el olor del otro”.

El olor como acto político

El olor del judío, el olor a mujer, el olor a negro, el olor a oriental, el olor a pobre. Si hay algo que no se puede ocultar por más fragancia que se use es el olor de la piel. Y la piel que habito no es la misma a la que habita el otro. En 2003, la Revista Mexicana de Sociología publicó la investigación de Anthony Synnott denominada “Sociología del olor”, donde se constató que “el olfato no es simplemente una emanación individual y una declaración moral, es asimismo un atributo social, real o imaginado”.

De esta manera, no será Bong Joon-ho el primero en utilizar el olor como acto político y subjetivante, pero sí el primer director cuya película de habla no inglesa obtiene el premio más importante de los que entrega el Sindicato de Actores de Estados Unidos.

Si repasamos la memoria colectiva, ya el escritor de Rebelión en la Granja y 1984, George Orwell, sostiene que el olfato es “el verdadero secreto tras las distinciones de clase”.

Anthony Synnott destaca en su investigación los pasajes más profundos del análisis de Orwell, a partir de los cuales el escritor confiesa: “[…] El odio racial, el odio religioso, diferencias de educación, de temperamento, de intelecto, incluso diferencias de código moral pueden ser sobrellevadas, mas no así la repulsión física […] Puede no importar mucho si la persona de clase media promedio crece en la creencia que la clase trabajadora es ignorante, floja, borracha, rústica y deshonesta; cuando crece con la convicción de que es sucia, el daño no tiene vuelta de hoja”.

Y si hablamos de las grandes atrocidades de la humanidad, Adolf Hitler también dejó en evidencia de que el olor era un acto político capaz de llevar al exterminio a millones de judíos. “El olor de esa gente en caftanes me hacía sentir mal […] pero lo más repugnante era que debajo de su exterior desaseado, uno de pronto se percataba del moho moral del pueblo escogido”, decía Hitler en sus escritos más escalofriantes.

Finalmente, podemos hacer extensivo el poder del olfato al género. Bien sabrá la publicidad de ello a tal punto que los perfumes de mujer han ganado una fragancia estereotipada resumida en valores como la suavidad, la delicadeza o la pureza. Mientras que en el extremo opuesto de los estereotipos aparecen los perfumes de hombre y los valores de virilidad, fortaleza, potencia.

Así, llegamos una vez más a Parásitos, donde en uno de los diálogos más conmovedores, el adinerado Señor Park le confiesa a su esposa que su chofer, el “miserable” Ki Taek tiene ese olor que cruza la línea. A lo que su mujer le pregunta: ¿Qué tan malo puede ser?, y el acaudalado Señor Park remata: “No lo sé. Es difícil describirlo. Pero a veces lo hueles en el metro. Hace años que no tomo el metro. La gente que viaja en metro tiene un olor especial”.

En la memoria más emotiva de Bong Joon-ho las clases sociales tiene olor propio. Y si hay algo que tienen los olores es que no se pueden disimular, avanzan sin límite ni muro. El oler tiene esa capacidad igualadora que funde lo distinto y que no puede eliminarse, porque se impregna en los poros, habita en la piel, codifica la historia de cada uno.

En la investigación “Sociología del olor”, el poder del olfato se sintetiza a la perfección: “La descripción de olores, fragantes o malolientes, se vuelve por tanto una clasificación moral disimulada. La clasificación por clase o grupo, étnico u otro, persiste hasta hoy. Esta clasificación moral, basada en creencias olfativas, tiene consecuencias sociales”.

El oler tiene esa capacidad igualadora que funde lo distinto y que no puede eliminarse, porque se impregna en los poros, habita en la piel, codifica la historia de cada uno.

 

¿El principio del fin de las desigualdades?

El domingo 9 de febrero el Teatro Dolby de Los Ángeles fue testigo de una noche diferente, para muchos “histórica”. La 92ª edición de los Premios Oscar estuvo impregnada de un olor diferente. ¿Olor a mujer, a pobres, a negros, a judíos, a coreanos?

Tal vez, el olor empezó a ser uno sólo. Su capacidad potente de amalgamar hizo que Parásitos se convirtiera en la primera de su género en obtener el premio más importante de la noche. Además, en una potente sincronicidad, en ese mismo escenario, el ganador a mejor actor por Joker, Joaquin Phoenix, pronunció un discurso que sintetizó en una sola causa los fracasos y los éxitos de nuestra historia. En su intervención elevó la vara a su punto más álgido cuando afirmó que en las diferencias radica la igualdad. “Considero que el mejor regalo que me han dado muchas personas [de la industria] es la oportunidad de usar nuestra voz para dársela a aquellos que no la tienen. He estado pensando en algunos de los grandes problemas a los que nos enfrentamos como sociedad. Sin embargo, veo aspectos en común, al estar hablando de desigualdad de género, de racismo, de derechos para el colectivo LGBT, de los derechos de los indígenas, de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra la injusticia, de luchar contra la creencia de que una nación, un pueblo, una raza, una etnia, un sexo o una especie tenga el derecho de dominar, controlar, manipular y explotar con total impunidad”.

Hoy la realidad ha superado a la ficción. Ya no es un actor, ya no es una película o toda una industria advirtiendo de peligrosas desigualdades. Quizás, hoy, sea este virus el que advierte a la humanidad con rigor, con dureza y con extrema violencia que tenemos la obligación, pero también la oportunidad, de transformar un mundo que convirtió a las personas en parásitos y que tal como está no puede seguir funcionando.

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Alejandro Herrera Guiñazú en Parapente en Mendoza.