Victoria Ocampo: Los espacios de la infancia

Mi casa es pequeña, y lo que una vez ha salido de ella, no puede recuperarse nunca más.
Pero inmenso es tu palacio, Señor, y mientras la buscaba he llegado hasta tu puerta…
He llegado al borde de la eternidad de donde nunca se disipa nada –ninguna esperanza, ninguna
dicha, ningún recuerdo de rostro entrevisto a través de lágrimas–.
¡Oh! sumerge en este océano, mi vida hueca, húndela en el seno de esta plenitud…

Rabindranath Tagore, Gitanjali, LXXXVII (Ocampo, 1941:434)

 

Cuando nuestra memoria nos trae al presente momentos vividos, tenemos la tentación de instalarnos en ellos, salvo que hagamos un esfuerzo consciente por volver al hoy. Nos ocurre sobre todo con los recuerdos de la infancia. Estas evocaciones pueden ser agradables o dolorosas, da igual, pero lo destacable es que los momentos vividos en aquella etapa permanecen cual trazos indelebles en la memoria. Una vez escuché la siguiente frase con resonancia imprecativa: “si estamos en situación crítica con el presente nos resguardamos en el pasado”.

Las circunstancias del presente se reconocen críticas, una y mil veces en la vida de cada persona ¿O quizás, exista un privilegiado para quien el gozo cotidiano sea su fiel compañero? No lo sé. Pero creo que probablemente es la infancia el tiempo al que todos queremos volver en “los presentes difíciles”. 

Este pensamiento se encuentra en forma recurrente en los escritos de Victoria Ocampo (1890-1979). Esta intelectual argentina, con su conocimiento y sensibilidad, supo identificar, atraer, vincular y promover artistas y pensadores europeos y americanos. Con su destacada erudición, así se expresó sobre la remembranza de la niñez:

Proust ha explicado admirablemente por qué no le interesaba un lugar sino cuando volvía a él; por qué no encontraba sabor sino a lo ya visto, a lo ya experimentado, a lo ya vivido; por qué en suma, no comenzaba a gustar de las cosas sino a partir del momento en que recomenzaba.

Este análisis se relaciona, a mi parecer, con la esencia misma de toda clase de seres: aquellos que no han podido curarse de su infancia. Todo lo que en ellos florece tiene sus raíces en esa pretérita infancia. Todas las cosas cuya expresión persiguen yacen en el silencio vehemente que la agitó. (Ocampo, 1982:119)

 

Retrato de Victoria Ocampo con flores y sofá detrás.

Retrato de Victoria Ocampo.

 

Estas sensaciones sobre el recuerdo de la infancia fueron una realidad en la vida de la fundadora y editora de la Revista Sur, publicación de intercambio y difusión de la cultura. Ella misma no pudo –y agrego: no quiso– curarse de su infancia. 

El niño vive naturalmente en un mundo ‘que tiene la expansión de las cosas infinitas’ y en que los límites que entraña la definición no tienen curso. En la medida en que logro captar esa etapa de mi vida, así me veo…. (Ocampo, 1950:124)

Acudo a Victoria Ocampo, quien fue la primera mujer miembro de la Academia Argentina de Letras, porque Argentina y el mundo aún tienen inmensas posibilidades de nutrirse de sus escritos y sus acciones. Porque fue mujer protagonista de su hábitat. Por eso, aquí no presento su biografía; para ello, están sus casas. Porque fue habitante “SaVia” de los tiempos y los espacios. Pero sobre todo, porque Victoria Ocampo tuvo una infancia feliz

También acudo en este diálogo a la Arquitectura, buscando desde sus recursos enfocarnos juntos en los espacios vividos: 

No es en el tiempo, sino en el espacio donde uno recupera el tiempo perdido. Está pegado a las cosas tanto como los olores o los sonidos. (Ocampo, 2010:242)

Si el espacio se forma al “modo existencial” (1), la persona experimentará el ambiente circundante. A lo largo del tiempo, las vivencias de los espacios habitados nos “con-forman”, disponiéndonos hacia nuevas búsquedas, que son siempre, búsquedas identitarias. Por eso, cuando habitamos el espacio, lo re-significamos y de este modo, lo convertimos en lugar de identificación personal. 

Cabe preguntarnos: ¿qué vivencias espaciales conformaron el ser en Victoria Ocampo? 

Los lugares en que han vivido los seres a quienes estamos ligados por el espíritu o por la sangre y los objetos que le pertenecieron conservan, para muchos de nosotros, un raro poder […] Los lugares, los objetos, sobreviven, nimbados de recuerdos, a quienes los frecuentaron o los poseyeron. Y es cosa terrible y dulce sentir que uno mismo es un lugar, un objeto en que perduran presencias; que nada de lo que parece inanimado lo es en realidad y que el mundo de los muertos y de los vivos se comunica y se mezcla de un modo misterioso e inextricable. (Ocampo, 1941:96 y 97)

 

Escaleras de la casa de Victoria Ocampo.

Casa de Victoria Ocampo en Palermo Chico.

 

Los espacios existenciales para ella fueron las casas habitadas (2) en su niñez. Fue el lugar, y no el espacio y el tiempo, lo que dio real significado a sus búsquedas y terminó definiendo su ser. En aquellas casas comenzó la construcción de su identidad. Luego, re-significó esos primeros espacios a partir de las “presencias”; pero las vivencias de su infancia fueron las que imprimieron el sello definitivo. En la búsqueda de lo esencial en Victoria Ocampo, se hallaba en último término su propia identidad. 

¿Por qué –inconscientemente– demandamos siempre la presencia de algo y de alguien en el espacio? Porque los espacios que vivimos reflejan la presencia actual o pasada de quien los habitó; porque ese alguien lo definió en torno a costumbres y vivencias, estableciendo una “secuencia habitativa”, plasmando recorridos y demarcando estancias. Es decir: habitándolo.  

Cuando ese espacio es el vivido en la infancia, la secuencia habitativa queda acuñada en nuestra vida. Con una mirada hacia lo simbólico, la Arquitectura se constituye en un valor hecho concepto, a partir del habitar. El objeto arquitectónico es en sí mismo, en cuanto está unido al ámbito de la persona; traspasa las especificidades disciplinares y se instala en la intimidad del yo y del yo en relación al otro. En palabras del arquitecto e historiador noruego Norberg-Schulz:

La casa lleva realmente al hombre al interior y concreta la aspiración básica de ‘estar en un lugar’. Dada esta ‘función’ esencial de la vivienda, la casa es siempre el centro de la existencia humana, el lugar donde el niño llega a comprender que está en el mundo, del cual, ya hombre, se aleja, y al cual regresa… (Norberg-Schulz, 1999:226 y 227)

Habitar es un acto por medio del cual nos vinculamos con el mundo (3). Nuestra identidad se va conformando habitativamente. Y es en los espacios habitados durante la niñez donde nos reconocemos más genuinos. Hoy podemos elegir habitar, para definir el lugar; y elegir el lugar, para transitar una identificación más auténtica. 

Si la existencia tuviera una forma y esta fuera un círculo infinito e indefinido, no cabría posibilidad de salir de la casa y entrar en un palacio, como aspiraba Tagore en la bella cita del Gitanjali. Es más grato soñar que la vida es una línea, un camino con un principio y un fin. La vamos construyendo punto a punto con nuestras elecciones, pero la unión de esos puntos se hace más fuerte y sólida si acudimos con mayor conciencia a los recuerdos de la infancia. 

[…] que estamos hechos de la misma tela que nuestros sueños. Y agregué que la tela de nuestros sueños es la de nuestra infancia. Por eso la infancia gobierna a tal punto nuestra vida y la colora sin que lo podamos remediar…” (Ocampo, 1941:200-202)

Por eso ahora, si las situaciones críticas del presente nos sacuden y el equilibrio existencial tambalea, es tiempo de mirar hacia atrás en el adentro. Tal vez sea el momento de volver a posicionarnos y refundarnos. 

Villa Ocampo.

 

Notas

  1. Llamamos “espacio existencial”, al espacio vivido donde reconocemos significados dados por quienes lo habitaron. Es una experiencia personal de quien lo habita e interpreta. Lo distinguimos del espacio físico, dado por las características geométricas y funcionales. 
  2. Podemos distinguir casa de hogar. La casa es la estructura contenedora de lo vivido en el interior, que son los usos y costumbres personales y/o grupales (vivencias) que “hacen hogar”. Sin personas, el concepto de hogar no existiría, por eso tiene una dimensión temporal (vida).
  3. Si lo quisiéramos explicar “al modo de” Antoine de Saint-Exúpery, diríamos que el habitar es domesticar el espacio y el tiempo. 

 

Referencias 

  • OCAMPO, Victoria (1941) Testimonios, segunda serie. Buenos Aires: editorial SUR. 
  • OCAMPO, Victoria (1982) Testimonios, primera serie. Buenos Aires: ediciones Fundación Sur. 
  • OCAMPO, Victoria (1950) Soledad sonora. Buenos Aires: editorial Sudamericana.
  • NORBERG-SCHULZ, Christian (1999) Arquitectura occidental. Barcelona: Gustavo Gilli. 

 

Fotos: María Alejandra Rega. Cortesía para Hojas de Inspiración

 


María Alejandra Rega

Arquitecta. Magíster en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo Latinoamericano por la Universidad Nacional de Tucumán, con la Tesis: Victoria Ocampo y la Arquitectura. La construcción del pensamiento moderno argentino entre 1915 y 1945.  Ha sido docente e investigadora de las Universidades de Mendoza, Nacional de Tucumán y Nacional de Córdoba. Coautora del libro: Aprender a mirar el paisaje desde el Arte. Actualmente trabaja en la Tesis doctoral: El espacio vivido por Victoria Ocampo y su contribución a la Arquitectura moderna argentina

 

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