Celestina Ábalos: Lecciones de sabiduría ancestral y acción colectiva

Por décadas, esta lideresa indígena del norte de Argentina ha reivindicado los derechos de su pueblo a la tierra, la autonomía y un futuro sustentable.
sabiduría ancestral

Tumbaya, ubicado al norte de Argentina, es uno de los dos únicos territorios que por ley pertenece a la comunidad que tradicionalmente lo ha habitado. Este es el triunfo de una generación, que alzó su voz para exigir los derechos históricos de propiedad, evocó la dignidad de su comunidad y se animó a tender puentes con diversos sectores sociales para compartir saberes. En diálogo con Lakshmi, Celestina Ábalos reflexiona sobre su camino de activismo, sus tradiciones y el rol de las comunidades indígenas para ofrecer respuestas a los desafíos del presente.

A algunos kilómetros de la Quebrada de Humahuaca, al norte del territorio argentino, se encuentra Tumbaya, el pueblito donde vive Celestina Ábalos

Desde que tiene memoria, en su casa hay una huerta, donde se siembra hortalizas, aromáticas, plantas medicinales, maíz y zapallo durante todo el año, para proveerse de verduras frescas. Viene de una familia de tradición agrícola, y desde muy pequeña ha estado conectada con la tierra y sus enormes posibilidades. Pero también ha sido espectadora en primera línea de las enormes dificultades que han tenido los pueblos originarios para producir y vivir dignamente de su territorio. 

Desde su casa trabaja para que a su comunidad y a las mujeres como ella lleguen más posibilidades de desarrollo económico y cultural. Oportunidades para dejarles mejores opciones de vida a sus hijos y a las nuevas generaciones. Esta motivación y su liderazgo han sido rasgos presentes desde su juventud. Con apenas veinticuatro años, por ejemplo, se convirtió en la constituyente más joven, y logró, junto con sus compañeros, que en la reforma constitucional de 1994 se definieran e incluyeran los Derechos Indígenas en la ley argentina. A partir de este proceso, encabezó la recuperación de más de 20.000 hectáreas para su comunidad.

Además, ha sido parte esencial de la plataforma socio-comunitaria Pueblos Originales, que durante años identificó, curó y comercializó experiencias turísticas. En este espacio intercultural, Celestina recibió personas de distintos lugares del mundo en su territorio y hogar; compartió su conexión sagrada con la tierra, y a través de su cocina y sabiduría amplió miradas. La llegada de la pandemia detuvo el turismo, pero permitió un trabajo profundo sobre el horizonte de este proyecto. También ha sido una oportunidad para estrechar más los vínculos con su comunidad, explorar innovaciones para su emprendimiento y hasta para aventurarse en la política electoral.

Desde Tumbaya, Celestina habló con Hojas de Inspiración, para hablar de sus luchas, la conexión con la tierra, sus tradiciones sagradas, el rol de la mujer y el presente de la humanidad. La entrevista comenzó con una invocación de sus guías espirituales, para que estén presentes y sean orientadores con apertura de los corazones y con la firme voluntad para emprender cada nuevo día.

Lakshmi Kennedy: ¿Quiénes son los guías de la comunidad donde vives?

Celestina Ábalos: Los Apus son las montañas, los cerros sagrados que están en lo alto, que siempre nos guían, nos miran y nos dan esa energía que necesitamos: la fuerza, el valor y el coraje.

Las Achachilas son los seres sabios que ya no están en este plano, son las personas que han estado en el Kai Pacha, que han sabido dirigir a las comunidades, orientarnos y darnos sus consejos. Ellos ya no están, pero cuando uno los invoca, vienen. Cada primero de noviembre vienen todos los familiares que ya no están a visitarnos.

El Tata Maico es quien nos protege a nosotros y a nuestras casas. Cuando uno sale de su casa, lo llama para que cuide el hogar, la comunidad.Tata Inti es el Sol, el padre, y quien nos da toda la energía. Es lindo saludarlo por las mañanas justamente para que te cargue de toda esa energía.

La Ñaña Quilla es la hermana luna, a quien saludas también. Nosotros estamos acostumbrados a ver cómo está la luna, y al hacerlo sabemos cómo estará el tiempo. Por ejemplo, en estos días la luna estaba con mucho calor por eso el color rojizo, y estaba con frío, que son los vientos. Estos son los signos de lo que está pasando, tiene que ver con los incendios. Estamos esperando que entre la luna nueva para ver cómo va a ser, esperamos que llegue con agua para que llegue con ella la lluvia también.

“Bendícenos, Madre Tierra, danos mucha sabiduría, amor y voluntad para hacer cada día más cosas por nuestra humanidad”.

Me gustaría recibir tu invocación como inicio de nuestro encuentro.

En esta invocación vuelvo a pedir para nuestra reunión en este día. Vamos a agradecer a nuestros seres sagrados, Apus, Achachilas, Tata Inti, por un nuevo día de vida y les pido por todos nosotros, por nuestra humanidad, para que cada día nos relacionemos más con nuestro Kai Pacha, con nuestra Madre Tierra y que en el corazón empecemos a sentirla, a quererla, a amarla y sobre todo a respetarla. Que los humanos aprendamos a ser cada día más tolerantes con nosotros mismos.

Bendícenos, Madre Tierra, danos mucha sabiduría, amor y voluntad para hacer cada día más cosas por nuestra humanidad.

¿Qué recuerdos alegres tienes de tu infancia y de la vida en tu comunidad?

De mi infancia tengo lindos recuerdos. Si bien vivíamos dentro de un sistema arrendatario, me recuerdo siempre trabajando en el campo, colaborando y viendo a mis animales.

Me acuerdo cuando iba a la escuela en la primaria y cuando salía a veces estaba mi mamá. Ella me llevaba alzada. Recuerdo los cajones de manzanas, el trigo en las bolsas o cuando me perdía en medio de los alfares. También los juegos lindos que teníamos y cómo jugábamos de chicos, todos juntos. Teníamos tiempo para cada cosa: para el juego, la escuela, las tareas de la casa y para ir a pastear la hacienda. También tenía un cordero del cual conservo una cicatriz porque me hizo caer.

Si lo llevamos al hoy, eso a veces se pierde. Lo lindo era disfrutar de ese momento de diversión, de jugar a la pilladita, a la escondida, la soga, la payana, al león y a las ovejas y esperar a llegar a ese momento del día.

¿Qué enseñanzas recibiste de las mujeres de la comunidad?

La mujer es la transmisora de la cultura. Yo aprendí mucho de las mujeres mayores. Aprendí de mi mamá desde la cocina hasta vivir con lo escaso, tener lo mínimo pero ponerle mucho amor. Valorar eso poco que tenés y llevar a la mesa un plato rico de comida. También aprendí a ahorrar y que si quiero, por ejemplo, pintar mi casa debo ahorrar desde lo escaso.

Aprendí a ser perseverante y a tener mi tiempo. A luchar y saber que nosotras sí podemos junto con nuestras guaguas e hijos llevar adelante procesos muy importantes, como los que marcaron mi vida. De las mujeres aprendí que en la vida todo se puede, una lo puede lograr y es un camino despacio.

Soy mamá sola, tengo tres hijos. Las mujeres mayores me han enseñado: cómo tejer, cómo parir, cómo curarme después de parir, cómo hacer frente a enfermedades y cómo usar la medicina natural.

Las mujeres mayores me enseñaron que está dentro de una lo más lindo que tenemos: el corazón. Las mujeres tenemos esa capacidad de unir razón y corazón, para hacer maravillas con coraje y valentía.

“En 1994 empezó mi camino de lucha y de recuperación del territorio. Participé en el proceso de reforma de la Constitución Nacional. Hasta antes de ese momento la Constitución vigente, la de 1853, decía: ‘Convertir a los indios al catolicismo, resguardar las fronteras y mantener el trato pacífico’”.

¿Cuándo comenzaste a darte cuenta de las injusticias con tu pueblo y cómo comenzó tu camino para cambiar esa realidad?

Comienzo a tomar consciencia de la situación en que vivíamos terminando la niñez, en mi etapa de adolescencia. Veinte años atrás podíamos estudiar la primaria, pero no era fácil continuar estudios en el secundario. Nos buscaban un patrón y debíamos trabajar en sus casas.

Yo no quería esa vida, quería estudiar y poder hacer el secundario. Eso no se podía, así que me fui, trabajé como empleada doméstica y volví a mi pueblo. Siendo grande, con diecisiete años, empecé a estudiar y ver el sistema de vida que teníamos, ser consciente de eso y a participar en reuniones en la casa parroquial. Esto me llevó a ver las cosas con otros ojos.

Empiezo la lucha porque esto era injusto: tener que pagar por años un espacio de tierra y si no pagabas, te lo empezaban a reducir, a quitar. Esto pasó con mi familia. Vendimos la hacienda para pagar el terreno, con el tiempo ya no teníamos ni la huerta. Eso me llevó a prepararme y a tomar la decisión de iniciar una lucha por la recuperación del territorio.

En esta formación estuvo siempre presente un equipo de personas que trabajan en la reivindicación de los derechos de los grupos indígenas. Entonces a la vez que hacía el secundario, también me capacitaba en derecho con ellos.

En 1994 empezó mi camino de lucha y de recuperación del territorio. Participé en el proceso de reforma de la Constitución Nacional. Hasta antes de ese momento la Constitución vigente, la de 1853, decía: “Convertir a los indios al catolicismo, resguardar las fronteras y mantener el trato pacífico”.

Dos personas participamos ese año en la reforma en Santa Fe, que en agosto de ese año, en un hecho histórico, logró que se nos reconociera como pueblo preexistente a la formación del Estado Nacional en el artículo 75 inciso 17. En ese momento tenía veinticuatro años, pero el proceso se extendió por veinte años. Este tiempo además implicó trabajar con la propia gente de la comunidad.

¿Cuál fue el trabajo de la comunidad durante este proceso?

En 1996 hicimos con nuestra comunidad una presentación ante el Senado de la Nación para lograr la expropiación de la Finca Tumbaya, comunidad a la que pertenezco. Se presentó este recurso porque no podíamos continuar con el sistema de vida que teníamos. No podíamos pagar. Algunas personas se fueron porque tenían deudas de pago con el patrón a quien servíamos y que era dueño de los espacios de tierra que ocupábamos. Lo anterior, teniendo en cuenta que somos nativos y originarios de esta tierra.

Con la ley logramos que se expropiara la tierra a favor de nuestra comunidad, pero este proceso llevó un largo tiempo, y fue la lucha de sesenta familias que trabajamos por la recuperación de 24.000 hectáreas.

En 1998, el Gobierno nacional nos entregó un Acta de Posesión Legal, que es la que tenemos a la fecha, donde se dice que las tierras pasan a favor nuestro. Luego, hubo un juicio donde el Estado estuvo como parte y sólo dos fincas en todo el país, Tumbaya y Santiago, fueron expropiadas con fallos favorables a los pueblos indígenas. Si hablamos de justicia, equidad, igualdad, integración, reciprocidad o, en nuestros principios “ainis”, estamos aquí y vamos a seguir estando, porque es el lugar donde desarrollamos nuestra vida y donde nos ha tocado. Compartir lo que sabemos, el saber ancestral que ha sido transmitido, implica que al compartirlo lo hacemos perdurar para que cuando por ejemplo, yo ya no esté no se vaya conmigo.

“La pandemia va a pasar, nos vamos a ir curando y nuestra pachamama, nuestro Kai Pacha van a seguir estando; los que nos vamos somos nosotros, entonces dejemos lo mejor para este Kai Pacha y transmitamos lo mejor de nosotros”.

En este tiempo desafiante de la pandemia, ¿cómo has encontrado paz y conexión?

Hubo otras pandemias de las cuales uno tiene conocimiento. Esta pandemia nos tocó a toda la humanidad presente. Formo parte y trabajo en el cuidado del pueblo, con los protocolos de bioseguridad y salud. 

Cuando supimos que iba a llegar este virus comenzamos a acudir a nuestras hierbas medicinales, a lo nuestro que hoy en día ha tomado mucho valor. Se ha puesto en valor a nuestros abuelos, incluso en las ciudades donde la gente comenzó a tomar consciencia de las generaciones mayores. Muchas veces, ellos son llevados a geriátricos para cuidarlos, aunque son parte de nuestras casas y nuestras vidas.

Creo que esta pandemia nos ha hecho tomar conciencia del valor de la vida y la conexión con la Tierra. Estoy segura de que está creciendo un cambio, pero todo cambio comienza por nosotros mismos y si no sabemos lo que queremos cambiar, difícilmente podamos transmitir al otro que cambie. Es como un telar que se va tejiendo y viendo la importancia del valor de estar vivos.

La pandemia va a pasar, nos vamos a ir curando y nuestra pachamama, nuestro Kai Pacha van a seguir estando; los que nos vamos somos nosotros. Entonces dejemos lo mejor para este Kai Pacha y transmitamos lo mejor de nosotros.

Conoce más de la plataforma de desarrollo socio-comunitaria Pueblos Originales.

Créditos fotográficos: Guillermo Navarro Sanz.

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