Chamé Buendía: “La risa nos libera del miedo a la muerte”

El reconocido creador y clown argentino recuerda los poderes milenarios del humor y la risa, para cuestionar y hacer frente a los tiempos desafiantes.

Gabriel Chamé Buendía es clown, actor, escritor, director y productor. Desde hace más de cuarenta años se dedica a las artes escénicas. Ha ofrecido talleres en Europa y Latinoamérica. Es el Director de la exitosa obra Othelo (termina mal). Fue miembro del mítico grupo teatral “El Clú del Claun” y trabajó durante seis años en el Cirque du Soleil.

Chamé Buendía atiende el llamado de Hojas de Inspiración con viento de fondo, desde su pequeña chacra en San Andrés de Giles, a 100 kilómetros de la Capital Federal argentina. Confiesa: “Esto es rarísimo, me siento un fantasma. Hace treinta años que no estoy más de seis meses en un mismo lugar. Y ahora se van a cumplir dos años sin viajar”. Lo dice un hombre que nació hace sesenta años en Argentina, vivió una década en España y otra en Francia, trabajó durante seis años en el Cirque du Soleil, dictó cursos, actuó y dirigió espectáculos en escenarios tanto de Europa como de casi todos los países de Latinoamérica. Una vida nómade que luego de pasearlo por el planeta fue abruptamente llamada al sedentarismo con la llegada del coronavirus. 

Y aunque hace tiempo Chamé no pisa un aeropuerto, el aislamiento no ha impedido que siga en acción: escribió un libro que condensa su trayectoria como pedagogo; ha dado charlas virtuales, y acaba de volver a poner en escena la obra Othelo (termina mal), con la que lleva más de nueve años de marcado éxito en Argentina y en Europa.

“El solo hecho de ver cómo el pasto crece ya me conecta con la naturaleza y su ritmo de vida. ¡Ah, tiene vida, todo se mueve!”

Campo y ciudad

Manuel Gutiérrez Arana: ¿Cómo conciliás la vida en el campo con tu agenda tan activa en grandes ciudades?

Gabriel Chamé Buendía: Para mí son necesarias las dos cosas: la vida en el campo y en la ciudad. Poder estar acá es un gran complemento para mi actividad en las ciudades. No podría vivir sin la ciudad porque soy un hombre de teatro, amo la cultura, me encanta la gente y que se llenen las salas de teatro. A la vez, el contacto con la naturaleza me cambia el chip y la visión del mundo. Acá encuentro una energía vital y física que es fundamental para mi vida y mi trabajo. Andar a caballo, lavarles el pelo, cortar el pasto, preparar la huerta, ver los árboles o hachar leña son tareas que no tienen ninguna lógica de profundidad, pero me hacen muy bien, me conectan. El solo hecho de ver cómo el pasto crece ya me conecta con la naturaleza y su ritmo de vida. ¡Ah, tiene vida, todo se mueve!

¿Qué te motivó a vivir en las afueras de la ciudad, donde sucede gran parte de la actividad cultural?

Hace mucho que tengo ganas de tener un lugar en la naturaleza, mi sueño es que sea un centro de encuentros y retiros de estudio. Por eso elegí esta ubicación estratégica que nos permite apartarnos de la ciudad y a la vez estar cerca para poder ir y volver. Todavía no logré invertir lo que hace falta para construir el espacio que sueño, pero confío en hacerlo apenas pueda. Es muy fuerte todo lo que se vive acá. Es interesante, por ejemplo, la sociabilidad con la gente de campo, hay otra lógica en las relaciones, diferente a la que tengo con la gente de ciudad, que en general está relacionada con lo laboral. 

Acá el contacto no es por el arte, sino por el sólo hecho de ser vecino. Al lado mío hay uno de los centros budistas más importantes de Latinoamérica. Acabo de hablar con la lama, que se llama Consuelo, y yo no le digo “Hola, Lama Rinchen”, le digo “Hola, Consuelo”. Le pregunto si tiene alimento para el caballo y charlamos sobre asuntos cotidianos. Los dos despojados del rol por el que somos conocidos. Del otro lado, a unos kilómetros, tengo a uno de los productores de soja más grandes, sojero con todas las letras. Y tengo la mejor onda, me parece gente maravillosa. ¿Viste que existe esta idea de que hay buenos y malos? Para mí no, para mí no hay buenos y malos. El sojero me cuida tal vez más que nadie, está pendiente de cómo estoy; si me llego a quedar en medio del barro, me va a buscar y me saca. Me gusta cuando las relaciones entre las personas no toman el color contaminado de antemano y uno logra descubrir realidades que son muy diferentes a lo que se dice en sentido publicitario.

Sos un artista multifacético con talentos muy diversos. ¿Cómo definirías tu trabajo?

Los años hacen que todo se vaya acumulando. Indudablemente mi primer métier es el de actor que viene del mimo, del mimo al clown, del clown al teatro y del teatro al cine. Después, lógicamente, al querer ser un artista independiente, empecé a dar clases y descubrí que me gustaba mucho. A la vez, cuando improviso un material para fijar, ya lo improviso con una idea de autor y director. Eso me permite que me quede poco trabajo para reelaborar cuando termino de improvisar. Quiero decir que la improvisación queda bastante disponible para escribirla. Todo esto se ha ido acumulando en estos 43 años de trabajo. Me encanta dirigir, actuar, dar clases, y aparte soy autor y productor. A veces me lleva mucho más tiempo el trabajo de productor que el de director o actor. Producir no significa solamente invertir dinero, implica organizar todo y asegurarse de que las cosas funcionen.

“Para mí la risa es parte de nuestra naturaleza, una especie de liberación del miedo a la muerte”.

El arte milenario de la risa

El término ‘payaso’ es utilizado muchas veces de modo despectivo. Sin embargo, por alguna razón ha sobrevivido a lo largo de los siglos hasta hoy. ¿A qué lo adjudicás?

El clown, el payaso, es una tradición milenaria que siempre ha sido un oxígeno para la sociedad. Es un catalizador que viene desde las más viejas tradiciones. Siempre digo que para mí en la caverna había un tipo que era gracioso; a la noche en la fogata, representaba con gritos o sonidos cómo el león se había querido comer a un compañero, y todos se morían de risa. Para mí la risa es parte de nuestra naturaleza, una especie de liberación del miedo a la muerte. En la risa, la respiración se acumula, se llena y se descarga. Hay algo en su gesto que indica que la vida continúa

El clown es un personaje tan antiguo que su origen es misterioso, no sabemos con precisión cuándo aparece. Si bien hay muchos estudios sobre su nacimiento, son relativos. Al ser un oficio que no se valoriza a nivel cultural, hay muy poco escrito en profundidad o estudiado antropológicamente. Es una forma muy antigua, que nos libera de la lógica del lenguaje y nos da un aire a todo este mundo tan psicológico. Por suerte, requiere de un involucramiento mayor del cuerpo y nos ofrece otras formas de expresión como las capacidades: lúdica, física, musical o acrobática. Se trata justamente de un contacto directo con el pueblo, sin mediaciones, una ruptura de todo sistema social o educativo.

El clown y el regreso a la democracia

¿Qué rol ocupó el clown en los años 80’ y el regreso a la democracia en varios países de Latinoamérica?

Fue sin dudas una de las formas como realmente se dio una posibilidad a la apertura, la libertad y la esperanza. Significó un canto a la vida en una época donde toda la información era sobre la gente que había muerto o desaparecido, todo era de una seriedad terrible. Que haya habido artistas con los que la gente podía volver a divertirse sanamente con toda la familia era un canto a la libertad, al futuro, a la alegría. Fue muy importante. Por eso “El Clú del Claun” fue tan icónico, no sólo en Argentina, sino en América Latina.

Fue un éxito que tuvo el trabajo de muchos talentos juntos y fue revolucionario para lo que pasaba en esos momentos. Increíblemente tuvimos el apoyo de los referentes más grandes del sector, como [Juan Carlos] Gené y Tito Cossa, todos vinieron a vernos, nos dieron un apoyo moral y práctico enorme. Muchas de las invitaciones a festivales latinoamericanos internacionales fueron de la mano de estos autores, directores y actores, quienes consideraban que los grupos jóvenes éramos los más accesibles para el público internacional. Eso nos permitió viajar uno o dos meses a España y todos los países latinoamericanos durante varios años.

“Como artista extranjero siempre he sido argentino. Se nota mucho que soy argentino cuando estoy afuera. Por mi acento y por mi estructura cultural y creativa”.

Una vida de viaje

Siendo argentino, viviste diez años en Francia, otros diez años en España y trabajaste en espectáculos que han estado de gira alrededor del mundo. ¿Qué rescatás luego de tanto viaje?

Es una pregunta difícil en estos tiempos. Son treinta años de estar siempre en distintas culturas y no solamente en Europa; los últimos años venía recorriendo mucho América Latina. Viajar siempre es un enriquecimiento humano y cultural enorme. También es agotador, la gente no lo entiende, pero viajar es agotador. Todo va a una velocidad tan fuerte que te deja la cabeza dando tumbos. Es muy bonito porque cambiás de cultura, pero también tenés que tener mucha fuerza para estar deslocalizado. La mayor parte del tiempo estoy en hoteles. Es algo que no se lo recomiendo a nadie y sin embargo yo lo hice (risas). 

A mí me ha gustado, aprendí muchísimo, no me arrepiento. Me permitió enriquecerme en mi trabajo, observar todo el tiempo diferentes formas de trabajo, artistas, pensamientos, públicos. Una experiencia que se multiplicó enormemente con el Cirque du Soleil y volvió a crecer con el éxito del espectáculo Othelo, que luego de nueve años sigue en cartelera.

Desde que hice Othelo, mi estadía en Argentina es mayor, cosa que me agrada también, a pesar de todas las dificultades sociales. Es mi país. Como artista extranjero siempre he sido argentino, se nota mucho que soy argentino cuando estoy afuera. Por mi acento y por mi estructura cultural y creativa. Si bien yo conozco perfectamente la cultura francesa, la comparto, la respeto y trato de comportarme lo más que puedo dentro de sus costumbres, se nota que yo no soy parte de esa cultura y eso es parte de mi éxito. Soy un ‘bicho raro’ y eso me encanta.

Los años en el Cirque du Soleil

Como espectadores tenemos una idea fantástica, tal vez utópica, del Cirque du Soleil. ¿Cómo es por dentro?

El Cirque du Soleil es para gente fuerte, no es para soñadores; requiere de mucho aguante físico y sobre todo mental. Es un trabajo que implica repetir, repetir y repetir lo mismo diez veces por semana. Necesitás sí o sí una mente fuerte y no andar lamentando que lo que amabas al comienzo después lo odiabas, porque se convirtió, no te digo en una oficina, sino una fábrica

Sobre todo los acróbatas, que suelen ser de China y Rusia, son gente fuerte, con su resistencia mental muy trabajada. Es raro que entren en crisis. El agotamiento generalmente viene de la mano de los clowns y no de los acróbatas.

¿Cómo fue tu experiencia en el circo?

Yo estuve seis años como payaso en el espectáculo Quidam, haciendo un número precioso, muy evocador, dentro de una puesta muy moderna para la época. Lo que es increíble con el Cirque du Soleil es que uno gana fama para toda la vida. Lo cierto es que yo ya lo dejé hace muchos años, por eso no puedo hablar del Cirque du Soleil actual, pero sí del que fue en su momento, cuando también era una empresa grande, pero con muchos menos espectáculos de los que tiene ahora. Podríamos decir que pertenecí a la última etapa del Cirque du Soleil antes de que se convierta en lo que conocemos hoy. Una época que tuvo a Franco Dragone como director y productores como Guy Laliberté y todo su equipo, que fueron quienes inventaron el circo. Tuve la suerte de estar en esa última etapa y ver cosas maravillosas.

“Por momentos me preguntaba qué hacía yo al lado de esas bestias y al mismo tiempo me respondía: ‘Bueno, hago reír a la gente’, que no es poca cosa. Sobre todo, cuando cambiás de país y lográs hacer reír a toda la gente, porque antes estuviste observando su propia cultura. Ir a Japón y hacer reír a los japoneses no es broma”. 

Es un trabajo que implica vivir siempre en una ciudad distinta

Sí, totalmente. Cada tres o cuatro meses te toca cambiar de ciudad, de país, lo cual es maravilloso pero también agotador, y el día libre, que es el lunes, tenés ganas de dormir, no querés salir a recorrer. Es intenso, muchos hablan maravillas del Cirque du Soleil y cuando entran se quieren ir. Sobre todo, porque dan por cumplida esa meta. Cuando a uno le falta el dinero, desea el dinero; cuando ya tiene el dinero, se olvida que ya tiene el dinero, y cuando pierde el dinero, se vuelve a acordar. Eso es lo que pasa, sobre todo si uno no es consciente del nivel de exigencia que va a tener.

¿Qué lugar tiene el clown ante semejantes talentos de la acrobacia?

Por un lado es medio ridículo, pero al mismo tiempo tenés la responsabilidad de hacer reír a seis mil personas por noche. Por momentos me preguntaba qué hacía yo al lado de esas bestias y al mismo tiempo me respondía: “Bueno, hago reír a la gente”, que no es poca cosa. Sobre todo cuando cambiás de país y lográs hacer reír a toda la gente porque antes estuviste observando su propia cultura. Ir a Japón y hacer reír a los japoneses no es broma. Significa investigar cómo hacerlos reír con lo que uno lleva a cuestas, qué sutilezas agregar, qué inventar para que los japoneses puedan recibir a uno de modo sensible, siendo una cultura donde no se ríen como un italiano, un argentino. No se ríen, directamente se tapan la boca.

¿Tenías libertad para ir modificando tu número según la cultura donde desembarcaban?

Nunca tenías libertad de nada, tenías que hacer reír. Cuando veían que hiciste reír, recién ahí te daban algo de libertad, poco y nada. Tenías que hacer lo que te dijeron que hagas. Querían que hicieras lo que ya está, no querían que cambiaras nada. Ahora, si vos no estás funcionando dentro de lo que está pautado, tenés un problema bastante grave. Es muy difícil ser payaso, porque tenés que romper con un mundo tan rígido como es el circo, con acróbatas y gente de mega precisión, a través de la precisión cómica que tiene una relación con el presente muy potente. A veces, tenés que mover un poquito algo internamente porque si no la gente tal vez no termina de reírse ese día, y al mismo tiempo, tenés que cambiar de país y ganarte la aceptación de cada lugar. Es complejo y al mismo tiempo divertido.

“Para mí es alucinante que a pesar de toda la virtualidad, el cine e internet, las personas sigan yendo a un teatro y se sientan entusiasmadas ante a este fenómeno antiquísimo de ver lo que otra persona hace”. 

El teatro en tiempos de pandemia

¿Cómo estás viviendo esta pandemia en relación con tu trabajo, un oficio tan relacionado con la presencialidad?

Nuestro trabajo es imposible a nivel online. Yo entiendo que hay personas que lo hacen y dan clases de teatro y clown online, hacen streamings y me parece bárbaro. A mí no me gusta. Me parece que lo lindo del teatro es el rito del encuentro. Lo lindo de un curso es la ceremonia de ir a la clase a encontrarse con otras personas.

Mi mayor factor pedagógico es el hecho de que cada alumno se muestre ante la mirada de los demás, recibiendo las reacciones, sean positivas o negativas, eso es lo que más enseña. Esa escucha en vivo con el público es algo que no te lo puede enseñar nada que no sea el encuentro. Ojalá me equivoque, pero no creo que salgan actores que se hayan educado a nivel online. Para mí es alucinante que a pesar de toda la virtualidad, el cine e internet, las personas sigan yendo a un teatro y se sientan entusiasmadas ante este fenómeno antiquísimo de ver lo que otra persona hace. ¿No te parece increíble que en esta época el teatro siga vivo después de miles y miles de años? Cómo entonces voy a poner en duda la potencia que tiene el encuentro presencial.

Por supuesto, la tecnología también es una aliada. En mis clases todas las semanas vemos dos películas de Chaplin, Buster Keaton, Jacques Tati, los hermanos Marx, Jerry Lewis y Peter Sellers. Esos genios a quienes tenemos abandonados y cuando los vemos nos muestran lo lejos que estamos de su genialidad. Me gusta esa brecha, siento que es una invitación para ponernos a trabajar de verdad desde las capacidades que cada quien tiene.

Son íconos que nos permiten ver el mundo de otra manera, generan la risa de manera poética, inteligente y sobre todo de manera filosófica. Eso es lo que más me interesa del clown, su capacidad filosófica, porque para reírse de las cosas hace falta sobre todo una mirada filosófica de las cosas. Me parece fascinante ver cómo el clown al día de hoy ha logrado resistir ante tan poca valoración social. La palabra ‘payaso’ es una de las más denigrantes que existen; sin embargo, cuando un payaso es maravilloso, todo el mundo se pone de pie, porque lo que hace no lo hace nadie.

Créditos fotográficos: Cortesías del entrevistado. Portada, Foto 3: Capturas de Chamé en Cirque du Soleil. Foto 1: Obra Last Call. Foto 2 y Foto 4: Othelo. Crédito: Patricio Vegezzi.

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