Con perdón de los gatos, lo que nos salva es la Curiosidad

El escritor argentino Rubén Valle nos invita a celebrar este motor de la creatividad con sus luces y sombras.

En esta primera columna del periodista y escritor argentino Rubén Valle, el narrador explora las facetas de la Curiosidad. Señala que pese a lo virtuoso de su esencia, no suele ser vista como lo que realmente es: un motor vital para nunca dejar de aprender y crecer. Nos invita a considerarla como la vía para evitar transitar una vida en piloto automático.

Además de ser la culpable del estrepitoso final de no pocos felinos, a la curiosidad le debemos, nobleza obliga, los mejores y también, por qué no, los peores descubrimientos de la humanidad. Pero ante todo vale ponerla en valor como ese motor vital que va de la mano de la autosuperación, y evita que nos estanquemos en el conformismo y la peligrosa medianía. En definitiva, adjudiquémosle sin medias tintas ser esa pulsión básica para no vivir en piloto automático.

A la curiosidad le debo desde el oficio con el que me gané (y gano) el pan de todos los días, hasta ese imprescindible autoconocimiento que, por suerte, aún no revela su fecha de vencimiento. Buena parte de lo que soy, se lo debo a ese instinto devenido acción.

Si vamos a la raíz de todo, como característica intrínseca de la niñez, la curiosidad es esencial para el aprendizaje elemental. De ahí que Sócrates diera fe de que “la sabiduría comienza con la curiosidad”, y no en vano se le atribuyera a Aristóteles la teoría según la cual la filosofía nace del asombro. Muchísimos años después, Albert Einstein reconoció que “es un milagro que la curiosidad sobreviva a la educación reglada”.

Domesticar al curioso siempre ha sido tarea del sistema educativo en general y de necios y censores en particular, con las debidas excepciones de quienes por el contrario alimentan ese instinto natural de querer descubrir, correr el velo, ver más allá. No hay guía, docente, madre, padre, creativo, que no vea en la curiosidad un camino a transitar para sí y para los demás.

Descreo de la inspiración per se o de las casualidades para sustentar grandes descubrimientos o avances en, por caso, la tecnología. Por supuesto que detrás de la creación de experiencias emblemáticas como Google, Facebook, WhatsApp, o de una aplicación equis para facilitar la gestión de un trámite o solucionar problemas cotidianos, hay mucho trabajo, mucha materia gris al servicio de una idea. Pero antes, seguramente, fue la curiosidad, digamos su energía movilizadora, la que activó el proyecto madre. La chispa necesaria para toda explosión.

Después está, lógicamente, toda la sistematización para darle forma, presencia, coherencia, a ese relámpago inicial.

Responder a la pregunta: “¿Qué pasaría sí?”, un clásico de todo taller literario para echar a andar la maquinaria de cualquier relato, suele ser la piedra de toque para lo que vendrá. Después está, lógicamente, toda la sistematización para darle forma, presencia, coherencia, a ese relámpago inicial.

Confirmando que si hay algo de lo que carece la curiosidad es de límites y fronteras, sobre todos nosotros todavía flota como caso testigo la experiencia de la misión espacial de la NASA que bautizó “Curiosity” a su astromóvil de exploración marciana. Lanzada el 26 de noviembre de 2011, aterrizó en Marte el 6 de agosto de 2012. Se preveía que su periplo se extendiera al menos un año marciano (1,88 años terrestres); sin embargo, hasta mediados del 2020 seguía operativa según testifican sus monitores humanos. Curiosity también podría haber sido, ficción mediante, el vehículo ideal para el entrañable Ray Bradbury, un conductor que en ese terreno daba la talla como ninguno.

Párrafo aparte para “el lado oscuro” de la curiosidad: ser materia prima del chisme, la murmuración, las habladurías. El oído detrás de la puerta para dilucidar la conversación ajena, el ojo avizor camuflado en la cortina o la noche cerrada. El deporte 2.0 de surfear las redes sociales en busca del perverso runrún para reelaborar y darle formato de noticia intrascendente, en el mejor de los casos, o alerta roja de las dañinas fake news.

Si por definición, a la curiosidad le debemos el deseo de saber, infiero (arbitrariamente, lo reconozco) que quien carezca de curiosidad padece una cierta limitación, y por ende, su aprendizaje (aquí no importa edad, raza ni sexo) queda sujeto al mayor o menor rigor que le imponga el estudio, un trabajo o directamente un pedido específico. Un saber a la carta. O peor, a la medida de otros.

Créditos fotográficos: Portada: Bing Han y  Foto 1: Brooke Lark (Unsplash). Foto 2: NASA’s Curiosity Mars Rover, Wikimedia Commons.

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