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Edadismo, la pandemia de los (ex) sabios de la tribu

El combo de estereotipos, prejuicios y discriminación basándose en la edad o en la percepción de que una persona es “mayor” y por ende prescindible hace estragos que pocos quieren ver. O hacerse cargo.

El escritor y periodista argentino Rubén Valle reflexiona sobre el edadismo, o discriminación por edad, e invita a revaluar el culto a la juventud y a trabajar en estrategias para cambiar cómo pensamos, sentimos y actuamos en relación con el envejecimiento.

– Me da lástima ser tan viejo que ya no reconozco nada. Esto es otro mundo.
– Yo tampoco lo reconozco, don Omar.
– Pero el mundo te reconoce a vos.
Fernanda Trías, en
Mugre rosa

Rindámonos ante la evidencia: la mitad de la población mundial tiene actitudes de rechazo ante la edad y el envejecimiento. El prejuicio y discriminación hacia las personas mayores afecta su salud física y mental menguando fuertemente su calidad de vida. La OMS ya sitúa este flagelo como la tercera forma de discriminación, detrás del racismo y el sexismo. En medio de esta tendencia global, la pandemia vino a profundizar aún más la situación de este castigado sector. Trabajar en estrategias específicas para cambiar la forma en que pensamos, sentimos y actuamos en relación con la edad y el envejecimiento es un desafío que no reconoce fronteras. Ni edad, claro.

“¿Así que eso tiene un nombre? Vos le llamarás edadismo, yo le llamo maltrato, discriminación, falta de empatía…  ser un mal bicho”. Con esa simpleza y contundencia, Adela F., una exempleada judicial de 76 años, sintetiza uno de los tantos padecimientos de los adultos mayores en una sociedad que los excluye por incómodos e improductivos, dejándolos al final de la fila, donde ya no pueden escuchar y mucho menos hacerse escuchar. 

No importa que para la RAE todavía no exista, el edadismo es tan real como la inflación, el amor o el covid y vino a ponerle nombre a la discriminación por portación de años.

Un castigo más a la siempre castigada vejez, esa pandemia paralela que no frena ni el barbijo más efectivo ni el distanciamiento más estratégico.

Debemos ese preciso término al gerontólogo y psiquiatra Robert Butler, quien en 1968 lo utilizó por primera vez para graficar la segregación de las personas mayores. Para el también psiquiatra, el edadismo es una combinación de tres elementos en íntima conexión: las actitudes perjudiciales hacia los adultos mayores, la vejez y el proceso de envejecimiento; las prácticas discriminatorias contra ese segmento; y las prácticas institucionales y políticas que perpetúan los estereotipos sobre los mayores.  

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), “el edadismo es un estereotipo, prejuicio y discriminación hacia las personas de ciertas edades debido a la afectación o deterioro natural de su salud”. Tal es su consecuencia que ya se lo sitúa como la tercera forma de discriminación, detrás del racismo y el sexismo.

Un informe de Naciones Unidas mensura este flagelo asegurando que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. Esto, lógicamente, no hace más que afectar la salud física y mental (unos 6,3 millones de casos de depresión en todo el mundo son atribuibles a esta anomalía) de las personas mayores y, en consecuencia, reducir su calidad de vida. Según el mismo estudio, estamos ante “una sigilosa pero devastadora desgracia para la sociedad”.

Cuando la edad vale para categorizar y dividir a los que ya hace tiempo dejaron atrás la juventud, emerge el edadismo y con él la soledad y el aislamiento social, la sexualidad condicionada y hasta la posibilidad de padecer situaciones de violencia y abuso. 

Y aunque resulte un cálculo frío, también vale advertir el impacto económico del edadismo, los millones de dólares que implican para la sociedad. Estados Unidos, por citar un caso donde se mide su impacto, registró en 2020 un exceso de costos anuales de US$63.000 millones en relación con las ocho enfermedades en personas mayores que más gastos generaban. Actualmente se cuenta con muy pocos datos acerca de los costos económicos que supone este fenómeno creciente, pero se infiere que un mayor análisis en este sentido contribuiría a revertir la tendencia y en contrapartida destinar ese ahorro en mejorar la calidad de vida de este grupo etario.

Los (ex) sabios de la tribu

El respeto hacia los mayores e incluso su valoración en la sociedad va en franco descenso en casi todo el mundo. Factores sociales, culturales, económicos, políticos, psicológicos influyen en cómo vemos y tratamos al anciano. Lejos han quedado, salvo honrosas excepciones, los ejemplos de liderazgo donde la palabra de los “grandes” era sólida y hasta venerada. Era esa voz de la experiencia la que marcaba el camino, la que permitía a la sociedad avanzar hacia su evolución. 

A lo largo de la historia el envejecimiento no ha sido abordado ni aceptado de la misma manera. La percepción sobre el paso de los años ha sido en cada época una suerte de parteaguas, un antes y después con sus lógicas consecuencias. 

El culto a la juventud como sinónimo de éxito, belleza y futuro fue desplazando a los pioneros, a los patriarcas de la familia, a aquellos “sabios de la tribu” que tristemente iban quedando marginados hacia un molesto segundo plano. Ni siquiera les reservaron el rol de consultores para capitalizar su rico acervo. 

Hoy el edadismo, como la imparable ola de Kanagawa pintada por Hokusai, está presente en todos los ámbitos: el trabajo, el deporte, la escuela, los medios de comunicación, la justicia, los organismos públicos y privados. Aquí y allá. En la vida misma. El problema, si es que estamos dispuestos a verlo así, es que no sólo pierden ellos, perdemos todos. 

El plus pandemia

Como si no fuera poco lo que venían padeciendo nuestros viejos (se aclara que la expresión, aunque moleste, es correcta, como bien apunta un conocido gerontólogo), “la pandemia reveló con más fuerza la vulnerabilidad de estas personas, sobre todo las más marginadas, las cuales suelen enfrentarse a actitudes discriminatorias, que se superponen a diferentes obstáculos, por ser pobres, vivir con discapacidades, ser mujeres que viven solas o pertenecer a grupos minoritarios”, analiza Natalia Kanem, directora ejecutiva del Fondo de Población de Naciones Unidas.

La epidemia de Covid 19 declarada por la OMS como emergencia de salud pública de preocupación internacional el 30 de enero de 2020 golpeó aún más a este sector ya vapuleado por el edadismo nuestro de cada día. Hasta las redes sociales reflejaron la soledad, el abandono y la muerte de ancianos y ancianas que a merced de una salud endeble fueron presa fácil del virus planetario. 

En numerosas salas de terapia los viejos directamente no recibían asistencia respiratoria por su escasa posibilidad de sobrevivencia y se priorizaba a personas más jóvenes o con mejores expectativas de vida. Si ese no es un ejemplo de edadismo, ¿cuál sería?

Cambiar la lógica

Responsables de formular políticas específicas para la vejez, especialistas, investigadores, agencias y empresas de desarrollo y referentes del sector privado y la sociedad civil tienen ante sí un fuerte desafío para enfrentar al edadismo y sus consecuencias.  

Aunque en realidad es responsabilidad de todos impulsar y concretar acciones para garantizar el bienestar y el pleno desarrollo de la vejez, poniendo en primer plano sus derechos. Bette Davis decía que “la vejez no es para cobardes”, pero también es cierto que con la valentía individual no alcanza para revertir tamaño oleaje edadista.

Para esto, Naciones Unidas alienta a todos los países y sectores interesados a desarrollar estrategias específicas y a trabajar en conjunto para crear un movimiento que apunte a cambiar la forma en que pensamos, sentimos y actuamos en relación con la cuestión de la edad y el envejecimiento.

Nadie debería perder de vista que, de no mediar una enfermedad que nos saque del camino, nos dirigimos inexorablemente hacia ese crepúsculo de la vida donde más que una línea de llegada pareciera que nos espera una puerta de salida.

“Nos encantaría descubrir que cada especie tiene un reloj biológico en sus células, porque, de existir ese reloj y si fuéramos capaces de dar con él, quizá pudiéramos pararlo y de ese modo volvernos eternos”, le plantea Juan Luis Arsuaga a Juan José Millás en La muerte contada por un sapiens a un neandertal. 

La autopercepción en cuanto a la edad es uno de esos aspectos que tanto puede jugar a favor como en contra para resistir o dar pelea a la marginación etaria. Al respecto, dice Millás: 

“Yo no tenía conciencia de que era viejo, porque cada mañana me levantaba con un hombre joven dentro de mí. Creo que esto le ocurre a mucha gente; hay una contradicción entre cómo te ven los demás y cómo te ves tú”.

Detalle no menor: el problema es cuando los que te tendrían que ver ni siquiera te ven.

Si como garantiza la sabiduría popular, la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, se impone en el mientras tanto un pacto de no agresión. Amplio, profundo. Global. Ni el joven yendo por todo de forma irreflexiva ni el viejo odiando aquello que alguna vez tuvo y hoy añora. Que la edad sea la referencia para incluir o excluir habla de cuánta inteligencia emocional carecemos como sociedad y esa es la alerta roja, la alarma para empezar a actuar, para dejar de hacernos los distraídos. 

El trabajo para cambiar esta dañina lógica debería empezar, vaya obviedad, desde niños y no tener vencimiento; como mal que nos pese sí tendremos todos y ya sin distinción de edad.   

Créditos fotográficos: Foto 1: Kampus-production (Pexels) Portada: Pexels; Foto 2: Andrea Piacquadio (Pexels).

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