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Frenar la vorágine: El arte de recobrar el tiempo

El escritor argentino Rubén Valle reflexiona sobre la Sociedad del Cansancio y los posibles caminos para encontrar escenarios de contemplación.

Tan puestos nos lleva la velocidad del presente, siempre en una carrera contra uno mismo sin siquiera una meta a la vista, que “demorarse” ya puede considerarse un arte, una conquista por nuestra salud mental y la de los demás.  Bajarse de esa vorágine para una sana contemplación de uno y el entorno es tiempo genuinamente ganado. Qué hacemos con el tiempo o qué hace el tiempo con nosotros sigue siendo la clave para pensarnos. 

El tiempo, ese agujero negro que todo lo consume sin saborear, y que pende sobre nosotros como espada de Damócles para recordarnos cuán finitos somos, hoy más que nunca impone su implacable tic tac. Más que tiempo, eso que nos acecha ya es vértigo, carrera contrarreloj con uno mismo.

Qué hacemos con el tiempo o qué hace el tiempo con cada uno es un tema central en este presente donde todo es para ya mismo y donde hacer una pausa o sumirse en otra frecuencia se paga con quedarse al margen de esa atiborrada agenda que nos legan los algoritmos.

La economía de la atención que imponen especialmente las redes sociales y la velocidad con que discurre el día a día suponen un costo físico y mental incalculable, siendo la ansiedad el temible emergente para quien no puede manejar sus prioridades y sus espacios con independencia de esas tentaciones tan a mano.

Este escenario cada vez más hostigante, potenciado además por la pandemia del Covid 19, reclama como necesaria contrapartida atención y consciencia plena respecto de lo que hacemos en un momento determinado. El tiempo no para, pero nosotros sí podemos. ¿Queremos?

La sociedad del cansancio

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, uno de los más brillantes analistas del hiperconsumismo actual y sus consecuencias, habla de la “Sociedad del Cansancio” para poner en contexto la autoexplotación a la que nos sometemos a diario. “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede y si no se triunfa, es culpa de uno. Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando. Es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”, dice el influyente pensador.

En su óptica, el sujeto contemporáneo es un sujeto de rendimiento y esta “alienación de uno mismo” se manifiesta en un padecimiento físico y psicológico. En consecuencia, el exceso de positividad (la libertad de poder hacer lo que uno quiera), advierte, nos está conduciendo a una sociedad repleta de individuos agotados, frustrados y deprimidos.

Si cada época tuvo sus enfermedades emblemáticas, en lo que va del siglo XXI las que hacen punta claramente son las neuronales: depresión, trastorno por déficit de atención, hiperactividad y síndrome de desgaste ocupacional.

“Requerimos de un tiempo de fiesta, que significa estar parados, sin nada productivo que hacer, pero que no debe confundirse con un tiempo de recuperación para seguir trabajando”. Byung-Chul Han

El pensador radicado en Alemania sintetiza este cuadro de situación en la figura del Prometeo cansado, “un ser agotado que es constantemente devorado por su propio ego, que es víctima y verdugo a la vez y su libertad es una condena de autoexplotación”.  

Para no reducir su visión a la crítica, el también autor de El aroma del tiempo propone “regresar al animal original”, aquel que no consume ni comunica desaforadamente. A su vez considera que es imprescindible una revolución en el uso del tiempo

La aceleración actual disminuye la capacidad de permanecer: necesitamos un tiempo propio que el sistema productivo no nos deja. Requerimos de un tiempo de fiesta, que significa estar parados, sin nada productivo que hacer, pero que no debe confundirse con un tiempo de recuperación para seguir trabajando. El tiempo trabajado es tiempo perdido, no es tiempo para nosotros.

Ocupados y estúpidos

En tiempos donde el verbo reinventar está más activo que nunca, el mundo del trabajo acusa recibo. A manera de eco de este cuadro de situación, se multiplican las voces que alertan que la cultura de la productividad está afectando seriamente los liderazgos.  

Es en este marco donde la frase “Busy is the new stupid” (ocupado es el nuevo estúpido), asignada tanto a Warren Buffet como a Bill Gates y a otros popes de similar peso, cobra un significado particular. La jornada laboral tal como está planteada en la actualidad prioriza la productividad y hace que creamos que debemos medirnos en función de la cantidad de trabajo que podemos realizar.

Conscientes de esto, y de que en definitiva también afectará a la productividad, muchos empresarios exitosos ahora reconocen que desacelerar, pensar y oxigenarse creativamente es parte de esa impostergable reinvención que demanda un mundo laboral más humanizado.

Existe la falsa creencia de que si no nos mostramos ocupados seremos tildados de vagos, improductivos, una verdadera carga para el empleador. “Estar ocupado nos hace apresurarnos, crea miopía, amplía los puntos ciegos, aumenta los errores y descuidos. La ocupación crea más ‘debería’, ‘podría’, ‘habría de’, que cualquier otra cosa en nuestra vida. Algo que luego se termina lamentando”, analiza Ed Baldwin.

“El ocupado como nuevo estúpido” suena más fuerte de lo que en realidad quiere decir: si quieres tener éxito en la vida se necesita liberar tiempo para simplemente sentarse y pensar. No siempre estar ocupado es sinónimo de productividad. También puede interpretarse como ser esclavo de uno mismo. Advertirlo y apretar el F5 de reiniciar puede ser un buen antídoto, aunque ciertamente no el único.

Dame 10 y te freno la guerra

A veces el tiempo puede jugar a favor, según cómo y cuánto estemos dispuestos a lidiar con él. Por ejemplo, echándole mano a la efectiva regla de los 10 segundos para cortar lo que Jason Aten, especialista en tecnología y negocios, llama el “ciclo loco”.

Desde su experiencia en ámbitos donde negociar no es nada fácil, el autor recomienda:

Cuando se hace más difícil de lo necesario comunicarse de manera efectiva, especialmente cuando hay desacuerdo o las emociones comienzan a surgir, la regla de los 10 segundos puede cambiar drásticamente cualquier conversación. Es bastante simple: en cualquier conversación durante la cual la temperatura ha comenzado a subir, espere 10 segundos antes de responder. 

¿Fórmula sencilla, no? Casi como pisar el freno, bajar un cambio y no responder de inmediato. La clave es aprovechar esa pausa para dar una respuesta con intención, meditada, en lugar de reaccionar impulsivamente desde lo emocional corriendo el riesgo de decir algo de lo que ya no habrá retorno.   

Lo más interesante es que mientras nos tomamos esos 10 segundos (un pestañeo o una eternidad, según cómo se mire) la otra persona –o los otros, si es una reunión o una charla grupal– también sale del tenso feed back y esa pausa temporal también lo deconstruye a él o a ella. Ambos –o todos– ganan.

Apenas 10 segundos bastan para romper el ciclo loco de ataque-defensa-contraataque. Una receta que, garantizan los que aplican esta más que económica fórmula, da excelentes resultados en peliagudas negociaciones como también en discusiones de pareja que, afortunadamente, tuvieron su happy end.

Optar por el acelerador 1.5 o el 2 produce ese cómico “efecto ardilla” donde ya no importa quién habla sino que lo haga rápido.

Pro y contras del efecto ardilla

A fines de mayo de este año no hubo medio de comunicación, portal, blog o cuenta personal en alguna red social que no compartiera la información anteponiendo la frase: “La noticia (o la novedad) más esperada por los usuarios de WhatsApp…”. La plataforma de mensajería más popular en el mundo (más de 2.000 millones de usuarios) lanzaba su revolucionaria innovación: había logrado la opción para que los audios se pudieran escuchar más rápido, de forma tal que lo que para muchos era una pesadilla (dedicar eternos segundos y hasta tortuosos minutos para mensajes que se podrían haber resumido en un puñado de palabras) con este mecanismo de aceleración en un tris se podía ir al grano.

Tan veloces son los tiempos que corren (nunca más acertado el verbo) que detenernos a escuchar un audio considerado “largo” cambiaba el humor, disparaba reacciones de malestar, hacía sentir que, efectivamente, “perdíamos” el tiempo.

Con esta buena nueva de poder reproducir los audios un 50 o un 100% más rápido, esta herramienta ya es considerada sumamente útil, aunque también abrió un frente inesperado: el de aquellos que cuestionan que todo deba ser al instante y se pierda la esencia de la comunicación. Son los que sostienen que con el aceleramiento artificial se pierde la cadencia del habla, los matices, la emoción que pueda estar implícita en el mensaje, el estado anímico que trasuntan las palabras e incluso todo lo que pueden “decir” los silencios. Optar por el acelerador 1.5 o el 2 produce ese cómico “efecto ardilla” donde ya no importa quién habla sino que lo haga rápido.

Mientras que para quienes ponían en su estado de WhatsApp la advertencia “no escucho audios”, el aplaudido acelerador es lo más parecido a una bendición, para los estudiosos en los fenómenos de la comunicación esta función no hará más que potenciar la ansiedad, la impaciencia de estos cruzados a favor del ahorro de tiempo.

Tampoco hace falta hilar demasiado fino. Quien no comulgue con este mecanismo del palo y a la bolsa, siempre tendrá la posibilidad de no apelar a esta herramienta o directamente llamar a la otra persona y, más revolucionario o práctico aún, hablarle cara a cara.  

El tiempo es tirano…

Y porque es tirano, en televisión como en la vida misma, se entiende su insoslayable presencia en el pensamiento humano desde años ha. Junto con la muerte, el amor y la soledad, el tiempo es uno de los temas medulares que atraviesa la literatura de, perdón la obviedad, todos los tiempos.

No poder definirlo y mucho menos manipularlo a nuestro favor explica que sea tan apasionante seguir reflexionando acerca de su impacto, su intangible huella. No hubo ni habrá filósofo, poeta ni novelista que no esté dispuesto a hacer el intento de descifrarlo para construir su propia –e ineficaz– máquina del tiempo.

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”, escribe Borges en Nueva refutación del tiempo, incluido en Otras Inquisiciones (1952). Consuelo de tontos u optimistas perdidos, las palabras del maestro nos tranquilizan: todos somos parte de ese río.  

Créditos fotográficos: Portada: Aron Visuals; Foto 1: Zoe Gayah Jonker; Foto 2: Mindspace Studio ; Foto 3: Drew Hays; Foto 4: Carl Heyerdahl. Tomadas de Unsplash.

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