La verdad en burbujas: Medios, democracia y nuevas voces

Ana María Ocampo analiza las protestas en Colombia a la luz del cubrimiento de los medios y el papel de las redes sociales.

Las movilizaciones sociales en Colombia revelaron heridas estructurales y voces desconocidas en el panorama público. A la vez, evidenciaron las desconfianzas de la ciudadanía en los medios de comunicación y la relevancia de experimentos informativos con nuevas agendas y narrativas. Este texto reflexiona sobre el oficio del periodismo en tiempos de crisis, la preponderancia de las redes sociales en la democracia y los desafíos para encontrar de nuevo un diálogo público en un panorama de fragmentación. Con la ayuda del analista y académico Omar Rincón, se buscan los principios del oficio de informar y se ofrecen claves para pensar unos medios que nos ayuden a hacer sentido de la realidad.

Desde el pasado 28 de abril, las noches en Colombia dejaron de ser silenciosas. En medio del Paro Nacional, convocado inicialmente en rechazo a la propuesta de una nueva reforma tributaria por parte del gobierno de Iván Duque, miles de colombianos se tomaron las calles de sus ciudades, pueblos y regiones para manifestar su inconformidad. Rápidamente, y aunque esa reforma inicial fue retirada, otros reclamos fueron incluidos entre las consignas y así nuevos sectores de la sociedad encontraron un espacio para participar. 

Además de las multitudinarias marchas, manifestaciones artísticas y pliegos de peticiones que se pretendían negociar con el gobierno, en algunos puntos los encuentros entre manifestantes y fuerza pública empezaron a hacerse cada vez más violentos. En unos cuantos días, la llegada de la noche se convirtió en la hora de la confusión, y debido a los numerosos reportes de víctimas fatales; heridos y desaparecidos, el miedo empezó a invadir las calles. 

Las jornadas de movilizaciones se han caracterizado por tener una convocatoria diversa y constante, han sido variadas las expresiones artísticas con las que sobre todo los jóvenes se han volcado a las calles, pero cuando se empieza a oscurecer se registran actos vandálicos y rápidamente los choques entre la fuerza pública y los manifestantes escalan. De acuerdo con la Defensoría del Pueblo, en el informe entregado el pasado 25 de mayo a la Comisión de Derechos Humanos de la CIDH, desde el inicio de las protestas se han presentado 16 homicidios de civiles, directamente relacionados con las protestas. Sin embargo, ONG locales como Temblores e Indepaz (en sus informes entregados a la CIDH) elevaron la cifra a 45 y registraron un total de 3.789 casos de violencia policial. Las cifras, por supuesto, han sido actualizadas constantemente desde entonces.

Un gran número de ciudadanos se han volcado a sus redes sociales para documentar y denunciar hechos de violencia dentro del Paro Nacional. A diario se encuentran nuevas denuncias, se comparten videos e imágenes cada vez más violentas de lo que sucede en las calles y en las noches del país, y de acuerdo con varios de los manifestantes, ningún medio tradicional quiere hacer visible estas realidades. 

Un reclamo social que no es nuevo

Desde hace varios años, académicos, expertos y periodistas han anunciado una profunda crisis de legitimidad en este oficio. Hechos como la disminución de lectores, televidentes y radioescuchas, asociados a los cambios en los formatos y a los hábitos de consumo, o la explosión del fenómeno que hoy conocemos como fake news (noticias falsas) hablan de una profesión presionada al límite. 

No obstante, las encuestas hablan de un problema aún más serio: la falta de confianza. De acuerdo con el estudio más reciente del Edelman Trust Barometer, publicado el 15 de abril de 2021, Colombia ocupa el quinto puesto entre los países que más desconfían de los medios de comunicación, con 12 puntos por debajo de la media mundial que se ubica en el 51%. Y, adicionalmente, los colombianos encuestados identifican a los periodistas como el segundo grupo de la población de quien más desconfían, después de sus dirigentes políticos (24%).

El estudio, además, profundiza en las razones que dan los colombianos para asegurar lo anterior. Por ejemplo:

“Más de la mitad de los encuestados considera que las organizaciones de noticias están sesgadas; 73% de las personas está de acuerdo con que los periodistas y reporteros intentan engañar a la gente a propósito diciendo cosas que saben son falsas o grandes exageraciones. Igualmente, el 72% afirma que la mayoría de las organizaciones de noticias se preocupan más por apoyar una ideología o posición política que por informar a su público. Por último, un 76% asegura que a los medios de comunicación no les está yendo bien en ser objetivos y no-partidistas”.

En general, la mirada de los colombianos acerca del entorno informativo es problemática; los índices de confianza en las fuentes de información que consultan están muy por debajo de lo que se reconoce como saludable para una democracia. Y, en un momento como el actual, ¿cómo se traduce este panorama?

“Y, en cambio, los medios independientes tienen otro libreto que es mucho más diverso. Aquí buscan las voces de las feministas, de los ambientalistas, otros se enfocan en las personas de Derechos Humanos, en los líderes educativos… buscan una diversidad de relatos con la que consiguen un producto más diverso”. Omar Rincón, periodista y académico.

Viejos trucos para nuevos mundos

La discusión, entonces, parece estar más enfocada en las narrativas y en la información que los medios de comunicación están difundiendo, y no en la naturaleza o el formato de los medios como tal. En esto coincide Omar Rincón, reconocido periodista, académico y ensayista colombiano de temas de cultura mediática y periodismo, entretenimiento y comunicación política, con quien conversamos desde Hojas de Inspiración:

"Yo veo que existen dos narrativas diferentes. Por un lado, la narrativa de los medios mainstream, u oficiales, sigue un libreto ya definido que todavía no entiendo qué hace que no tenga ninguna variación. Los periodistas de estos medios ya saben que cuando hay una protesta buscan a los violentos, buscan a la Policía, buscan al Alcalde… Es decir, ya tienen un libreto que no requiere ni siquiera que salgan a la calle, pueden hacer sus informes desde la oficina. Y, en cambio, los medios independientes tienen otro libreto que es mucho más diverso. Aquí buscan las voces de las feministas, de los ambientalistas, otros se enfocan en las personas de Derechos Humanos, en los líderes educativos… buscan una diversidad de relatos con la que consiguen un producto más diverso. Pero ojo, con esto no estoy diciendo que uno sea mejor o peor que otro, simplemente son diferentes”.

Parece que con estos lineamientos y alrededor de estas decisiones editoriales se repiten estrategias que bien podrían ser útiles en el pasado, pero que las audiencias actuales no reconocen como válidas. La decisión de algunos medios masivos de enfocarse, por ejemplo, en las afectaciones al transporte y la movilidad, y no en profundizar sobre las razones que han llevado a un grupo numeroso de colombianos a salir a las calles, ha sido un tema recurrente en memes y críticas de los mismos manifestantes. 

Pero por otro lado, como explica también el analista, a pesar del esfuerzo que hacen los medios independientes por ofrecer otras miradas sobre la realidad, los que le siguen hablando de cerca al gobierno, a los tomadores de decisiones, son los medios tradicionales. 

Verdades de nichos

Desde la llegada de internet y su posterior masificación, el acceso y difusión de la información se transformaron radicalmente. Se redujo el monopolio de la “verdad” de los medios de comunicación tradicionales y las entidades oficiales. Ahora, a unos cuantos toques de una pantalla o a pocos clics de distancia, cualquier persona puede compartir información con otros en tiempo real

A su vez, en esta nueva dinámica las agendas temáticas dejaron de estar controladas exclusivamente por las fuentes tradicionales. Con una herramienta como internet, con su carácter de gratuidad, fácil acceso, amplitud de formatos y diversidad de posibilidades para presentar la información, los proyectos conformados por jóvenes, por periodistas veteranos pero desencantados con los medios tradicionales, por profesionales de otras áreas del conocimiento interesados en la información, e incluso por activistas, encontraron el espacio ideal para ofrecer otras narrativas desde sus intereses. 

De esta forma, temas como el medio ambiente, los derechos humanos o el feminismo, por solo nombrar algunos, se convirtieron en el centro de las discusiones en estos nuevos espacios informativos. Y gracias a la ingeniería de las redes sociales y a los algoritmos con los que son diseñados los sitios de consulta y búsqueda, cada vez más personas interesadas en estas temáticas se conectaron con estas propuestas. 

A través de los algoritmos con los que han sido creadas páginas como Google o Facebook, y por la cada vez más especializada personalización de nuestra relación con los contenidos en internet, se genera una “burbuja de información” o una “burbuja de filtro” con la que se hacen posibles las “visiones del mundo personalizadas”.

Estos medios ofrecen espacios a grupos de la población que no veían sus intereses o sus preocupaciones reflejadas en el debate público. Pero, de la misma forma, limita las conversaciones con otras personas que piensen algo diferente. Este fenómeno fue descrito en más detalle por Eli Parisier, autor y activista norteamericano, en su libro El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos. A través de los algoritmos con los que han sido creadas páginas como Google o Facebook, y por la cada vez más especializada personalización de nuestra relación con los contenidos en internet, se genera una “burbuja de información” o una “burbuja de filtro” con la que se hacen posibles las “visiones del mundo personalizadas”. En esta burbuja nos encontramos fácilmente con información que verifica nuestras creencias, reafirma aquello que aceptamos como verdadero y nos pone en contacto con otras personas que piensan de forma similar. 

Si bien este fenómeno no es nuevo ni exclusivo del entorno digital, las herramientas virtuales han hecho más fácil que estas burbujas sean fuertes y difícilmente penetrables. Esto es algo problemático, como explica Omar Rincón, ya que “los medios alternativos se quedan sólo hablando con su nicho, carecen de la amplitud que podría llevar sus discusiones a tener incidencia en otros escenarios”. 

La esencia diluida

Aunque se hable desde las generalidades del periodismo, sin duda existen excepciones a las tendencias. Por ejemplo, hoy en Colombia, en los medios más tradicionales hay periodistas que hacen su trabajo desmarcándose de la narrativa que sus lectores consideran obsoleta, y publican informes, reportajes o entrevistas donde desafían la narrativa oficial. Por otra parte, hay medios independientes y nativos digitales que han presentado trabajos de investigación exhaustiva alrededor de hechos como el de Nicolás Guerrero (joven de 22 años que murió durante el Paro Nacional). Con ayuda de herramientas digitales, equipos multidisciplinarios y recursos narrativos diferentes cuentan las historias de lo que ocurre en las calles del país.  

“Sin importar el formato, lo que no puede comprometerse nunca es la calidad del periodismo que se haga”, afirma Omar Rincón. Y continúa:

“En primer lugar, tienen que tener fuentes, y fuentes diversas. Porque, ¿de qué les sirve a los lectores tener cinco fuentes repitiendo la misma idea? Eso no ofrece perspectiva. Segundo, tienen que tener documentos y datos, información que soporte lo que se está afirmando. Tercero, el contexto. Sin contexto no hay sentido, y si no le damos el nombre que es a lo que pasa, no estamos informando. Después hay que tener criterios de interpretación. La línea entre la información y la opinión tiene que ser muy clara, hay que respetarla. Y por último, hay que narrarlo bien. Las historias deben estar bien contadas. Pero todos los medios fallan al no recordar estos cinco principios”.

Pero tal vez no sea sólo que los olviden, o que haya otros intereses de por medio. También hace falta un poco más de autocrítica en la lectura del ejercicio periodístico propio. La discusión ya agotada sobre “cuál es el buen periodismo” deja por fuera cuestiones más apremiantes, como la necesidad innegociable de verificar la información antes de publicarla, por ejemplo. En el afán de vencer a la inmediatez de las redes sociales, se cometen errores, se publican imprecisiones y se silencian voces que contrasten las posturas propias. En el ensimismamiento de las propias burbujas de información se obvian audiencias con las que también es necesario establecer diálogos y encontrar puntos de convergencia que contribuyan a la búsqueda de soluciones. Tal vez así, lejos de fanatismos y en contra de las dictaduras de la inmediatez, las personas vuelvan a encontrar en los productos informativos elementos confiables para participar en un debate público que construya

Créditos fotográficos: Portada: Byron Jiménez; foto 1: Nijwam Swargiary; foto 2: George Pagan, y foto 3: Ricardo Arce.

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