Platos Sin Fronteras: Alimentación, solidaridad y futuro

Paola Pollmeier, creadora de esta Fundación colombiana, usa la educación nutricional y la alimentación consciente para crear futuro en una comunidad de Medellín.

Problemáticas como la inseguridad alimentaria y la malnutrición han crecido en la región como consecuencias de la pandemia y sus restricciones. A esta coyuntura se le añade un problema estructural: el desconocimiento social sobre la riqueza de los alimentos, su variedad y valores nutricionales. Esta omisión tiene efectos directos sobre la salud, la sostenibilidad y el desarrollo de las comunidades. A través de un trabajo dedicado a la transferencia de conocimiento alimentario en un barrio de Medellín, la Fundación Platos Sin Fronteras genera espacios donde el aprendizaje se sazona con un mejor futuro.

La comida, como pocos ámbitos, constituye una experiencia que trasciende los límites sociales y espaciales. Ya sea como un plato para compartir o como una preparación transmitida de generación en generación, la comida es parte fundamental de la cultura, la religión y la tradición de todas las personas en el mundo. Con la comida se celebran eventos especiales; se conmemora la partida de los seres queridos; se conocen nuevas personas, o simplemente se reflexiona al final del día sobre lo vivido. De esta manera, la comida es una valiosa fuente de cohesión social e identidad.

A pesar de su importancia cultural y de ser hoy un derecho fundamental, tan solo en América Latina, más de treinta millones de personas padecen hambre. Y con los retos de la pandemia, los cálculos de organismos internacionales prevén un aumento considerable en esta cifra para los próximos años.

En Colombia, la situación no es diferente. La informalidad y las difíciles condiciones sociales, políticas y económicas tienen a 13 millones de personas sumidas en la pobreza, y según cifras del Departamento de Estadísticas Nacional (DANE), actualmente 2.4 millones de hogares en el país no tienen los medios suficientes para alimentarse tres veces al día. 

“Este es un país de contrastes”, comenta Paola Pollmeier, creadora de Platos Sin Fronteras, una Fundación que trabaja en transferencia de conocimiento nutricional, en la ciudad de Medellín, específicamente en el barrio Moravia. Y continúa: “Colombia es uno de los países más biodiversos del mundo, con una despensa increíble y accesible. Pero en general, somos inconscientes de ello. Y eso es preocupante, porque no es sólo que las personas carezcan de recursos, sino que el desconocimiento les lleva a no alimentarse bien con la comida que tienen disponible localmente”.

Platos sin distancia

Además de las personas que padecen hambre en Colombia, hay miles más que sufren de desnutrición sin siquiera saberlo. Esta problemática, que no es exclusiva de los estratos más bajos, trae consigo afectaciones directas en la calidad de vida y en la salud de las personas.

Pero nada de esto estaba en el radar de Paola Pollmeier hace más de tres años. Esta colombiana había vivido casi toda su vida en Alemania, pero algo en su curiosidad interior la trajo de vuelta a Medellín. En esta ciudad, por lo que ella reconoce como serendipia, llegó a la comunidad de Moravia, un barrio en la Comuna 4, donde encontró inquietudes y, sobre todo, ganas de aprender por parte de sus habitantes. “Me acerqué a las lideresas comunitarias, que me decían que querían aprender a cocinar, conocer nuevas recetas y alimentarse mejor. Fueron ellas quienes me motivaron y con las que surgieron las ideas”, recuerda Paola.

A través de la cocina, Paola estaba segura de que podría contribuir a que la comunidad de Moravia mejorara sus hábitos alimenticios y descubriera otras maneras de acceder a mejores alimentos. Además, la cocina le ofreció un escenario ideal para demostrar que la comida puede unir más que distanciar: “Cuando nos reuníamos en la cocina con los cocineros que invitaba, me daba cuenta de que las diferencias culturales, financieras, la separación espacial, la segregación, todo eso se disolvía. La comida estaba uniendo a personas que de otra forma tal vez ni se conocerían”. La comida, explica Paola, era una herramienta para derribar fronteras y diferencias que tanto daño han hecho en Colombia.

“Las mujeres con las que empezamos este proceso tenían muchas ideas para armar sus propios negocios a partir de la cocina. Entonces fui a hablar con el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje), y logramos crear un programa de formación para que estas mujeres pudieran certificarse”.

También, la comida se convirtió en una ventana de oportunidades para muchas de las participantes. “Las mujeres con las que empezamos este proceso tenían muchas ideas para armar sus propios negocios a partir de la cocina. Entonces fui a hablar con el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje), y logramos crear un programa de formación para que estas mujeres pudieran certificarse”, comenta Paola. Las certificaciones, más que un diploma, eran una herramienta para que pudieran buscar trabajo, vender sus propios productos o crear un restaurante, todo con un respaldo académico.

En menos tiempo del esperado, la comunidad de Moravia supo de su proyecto y cada semana llegaron nuevas participantes dispuestas a aprender y a descubrir en la cocina nuevas oportunidades. Lo que había surgido como una propuesta enfocada en la nutrición y la salud, se había transformado orgánicamente en un espacio que promovía la cohesión social y ofrecía posibilidades para generar ingresos para la comunidad.

“Estamos convencidos de que la comida tiene el poder de transformar realidades”, reconoce Paola, y agrega que en este proceso las mujeres han tenido un papel protagónico

“En la comunidad, las mujeres tienen un rol muy importante. Es la fuerza de lo femenino, echadas para adelante, curiosas y con ganas de aprender más. Ellas a veces también tienen la responsabilidad de cocinar en sus casas y hay madres cabeza de hogar. Las beneficiarias principales son mujeres, y ahora son ellas mismas quienes nos dicen que quieren ampliar el proyecto y trabajar con jóvenes, niños y familias”.

A partir del aprendizaje con las mujeres, se han generado cambios en los hábitos alimenticios de las familias y de sus círculos más cercanos. Ellas son conscientes de que para lograr un cambio real hace falta generar una nueva relación con los alimentos, con sus beneficios y con las posibilidades que existen alrededor de la cocina. Por ello, para 2021 esperan tener un modelo adaptado con el que puedan involucrar más a los jóvenes y a los niños de la comunidad.

“Siento que aún falta educación, mayor sensibilización en los colegios y en las casas, pues los jóvenes no están muy conscientes de qué es lo que están comiendo. Pero, sé que después de tres o cinco clases ya puede cambiarle el chip a un joven y generar más cambio. Y eso es increíble, maravilloso, porque ¡es tan poquito lo que tienes que hacer para abrirles los ojos!”.

Solidaridad en medio del hambre

Antes de la pandemia, varios restaurantes de la comunidad abrían sus puertas para que chefs y cocineros compartieran con las mujeres de la comuna opciones saludables, preparaciones novedosas y propuestas para una mejor alimentación. Luego, las mujeres de la comunidad se convirtieron, a su vez, en profesoras y ofrecían talleres de gastronomía social dirigidos sobre todo a turistas. Después de un recorrido por Moravia, los visitantes llegaban a una cocina móvil donde las mujeres de la comunidad les enseñaban cómo, por ejemplo, disminuir el uso de azúcar en las preparaciones o reemplazar ciertos alimentos por otros más sanos. Así, ellas se convirtieron en promotoras de un cambio hacia una alimentación más consciente.

Sin embargo, con las cuarentenas cada vez más estrictas, los espacios de reunión se cerraron y las visitas de los turistas se detuvieron por completo. Desde abril de 2020, las experiencias que estas mujeres habían creado y los planes del grupo quedaron en pausa. En ese momento, surgió un nuevo reto, pues muchos de los miembros de la comunidad no tenían la capacidad de adquirir alimentos como antes lo habían hecho.

Paola explica cómo vivió este momento: “Para mí todo esto fue muy difícil, porque en febrero de 2020 teníamos muchos proyectos, habíamos firmado algunas alianzas y todo parecía que iba a despegar. Con la cuarentena nos quedamos en pausa. Pero, hablando con las mujeres, llegamos a la conclusión de que lo único que podíamos hacer en ese momento era ayudar, conseguir alimentos y entregarlos”. Las redes creadas durante años y la confianza entre las mujeres y sus aliados permitió a Platos Sin Fronteras atender la gran crisis de alimentos en Moravia.

Como recuerda Paola, tomaron la decisión de no sólo entregar alimentos, sino que:

“Decidimos que íbamos a seguir fieles a nuestra propuesta. Íbamos a entregar solo alimentos frescos y sanos, frutas y vegetales, y un recetario, porque no queríamos desviarnos del trabajo que ya habíamos hecho. El corazón de Platos Sin Fronteras es la educación nutricional y esa es nuestra misión. Yo no soy ni cocinera ni nutricionista, pero con las empresas y las instituciones podemos contribuir a crear espacios para que la gente pueda conectarse nuevamente con el alimento y descubrir el poder que tiene”.

A través de estas alianzas, lograron movilizar recursos por cerca de 90 millones de pesos (25.000 dólares aproximadamente), los cuales fueron un aporte inmenso para la comunidad y para algunas de las familias que se enfrentaron a lo más duro de estas restricciones. Con este reto, Paola y el equipo confirmaron las enormes disparidades que hay en el sistema alimentario colombiano, y cómo la seguridad alimentaria es un tema sobre el que hay que trabajar con urgencia.

Un problema global

En momentos críticos como los primeros meses de la cuarentena generalizada, se hizo evidente el enorme problema de desperdicio de alimentos y las deficiencias en la gestión de las ayudas para quienes más las necesitan. De acuerdo con datos de la FAO, tan solo en 2020, en Colombia se desperdiciaron más de 10 millones de toneladas de alimentos, una cifra que sería suficiente para alimentar a 8 millones de personas durante todo un año. Si bien el 40% de los desperdicios se dan durante la producción agrícola, el 16% del total se debe a una mala administración de los productos en los hogares. El porcentaje restante se da durante las fases industriales (23%) y de distribución (21%) de los alimentos (gráfico 1).

Frente a esta problemática, Paola plantea una solución para la comunidad: 

“En Medellín, por ejemplo, hay un programa que se llama ReAgro, que cuenta con el apoyo de la Alcaldía y de los Bancos de Alimentos. Ellos recogen toda la fruta y verdura que está próxima a dañarse y la llevan a un centro de distribución. Desde ahí la reparten a las Fundaciones y a las comunidades que más la necesitan. Si logramos encontrar una dinámica donde logremos procesar esos alimentos y llevarlos directamente a quienes más los necesitan, tenemos una oportunidad muy grande de disminuir el hambre”.

La gestión de Platos Sin Fronteras es un ejemplo de cómo es posible unir esfuerzos y generar un impacto positivo en la comunidad. Luego del éxito del proceso e impulsada por la fuerza que ha ganado el proyecto, en 2020 Paola finalmente formalizó la Fundación en Colombia. “Yo tenía mucho miedo, porque no quería tener nada que me atara a Colombia. Siempre he sido un ser muy libre y pensar en todos los términos legales que hay con la conformación de una fundación me asustaba. Pero, a la vez, esta figura nos ha abierto muchas puertas. Ha sido un proceso hermoso, la vida te empuja por caminos que muchas veces no creías posibles”.

Una de las puertas que menciona Paola es justamente el Food Solidarity Fund, un fondo de recursos económicos, mentorías y comunidad creado por el Movimiento de Gastronomía Social, con el fin de articular y fortalecer a los proyectos que en el mundo trabajan para enfrentar la inequidad social, mejorar la nutrición y fomentar el uso de las habilidades para el bien de las comunidades. 

Sobre el reconocimiento de estas organizaciones a su labor, Paola comparte:

“En este trabajo uno a veces se siente solo, pero la idea que a ti te surge ya les ha surgido a muchos más en el resto del mundo. Uno de nuestros voluntarios, que de hecho es de Egipto, otra voluntaria, que se llama Vanessa, y yo, decidimos aplicar. Y entre sesenta organizaciones que se postularon, nosotros fuimos una de las diez seleccionadas”. 

Además del espaldarazo al proyecto, este Fondo permite a Paola y a Platos Sin Fronteras acceder a una red global donde la colaboración es la mejor herramienta para generar cambios. En total, el Movimiento cuenta con más de 120 organizaciones, que creen en el poder de la comida para generar cambios sociales. Aquí las organizaciones se conectan, se fomenta la colaboración y hay un apoyo a la generación de alianzas. Con este reconocimiento, Platos Sin Fronteras entra a formar parte de un grupo de personas que, desde su rincón en el mundo, trabajan con un mismo propósito: aumentar la solidaridad alimentaria y disminuir la inseguridad alimentaria.

Pero, para seguir adelante Paola y el equipo de Platos Sin Fronteras necesitan más apoyo. Ya sea a través de donaciones, del voluntariado o incluso de la generación de nuevas alianzas, el movimiento que inició en Moravia, pero que espera que llegue a otros lugares del país, necesita de manos y recursos para seguir creciendo. “Yo sueño con que nuestros nodos de educación nutricional se expandan”, a lo que agrega Paola: “Los nodos fomentan la conexión, la educación, la innovación, y sueño con que un restaurante abra un nodo para después ofrecer platos colombianos nutritivos y deliciosos, porque desafortunadamente aunque tenemos tanta riqueza y cultura, no aprovechamos al máximo las posibilidades”. Más allá de enseñar a las mujeres y a los jóvenes de la comunidad, el sueño de Paola es generar una revolución gastronómica donde la creatividad, la tradición y la riqueza de nuestros alimentos sean la fórmula con la que, finalmente, pongamos fin al hambre.

Créditos fotográficos: Camilo Duque Dazzy, cortesía de Platos Sin Fronteras.

Gráfica: Elaborada por Ana María Ocampo.

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