fbpx

“Reinventarse”, el verbo que conjugó la pandemia

El escritor argentino Rubén Valle comparte historias de mujeres y hombres que se atrevieron a emprender en medio de la tormenta.

Con la irrupción del virus global en nuestras vidas, ya nada es ni será como antes. Y no sólo en lo referido a la salud. La economía personal y general provocó tal impacto que, ante situaciones extremas como quedarse sin trabajo o no saber cómo seguir, el “ahora o nunca” fue piedra de toque para emprender proyectos propios o colaborativos.

Alicia, Mario, Juan y Aldana tienen algo en común: la pandemia les cambió el guión. Los sacó no ya de su zona de confort, los desplazó de un feroz plumazo de su realidad laboral y personal, y los impulsó a buscar una salida para la que no creían tener la llave apropiada, confirmando que “no hay mayor innovación que un cambio de mentalidad”, como acierta el antropólogo Santiago Beruete.

Ellas y ellos como tantos otros en el resto del mundo conjugaron a su modo el verbo reinventar. Una de las palabras que desde el año pasado y por siempre se asociará al virus global que nos dio vuelta –a todos, más o menos– como una media. Y en ese proceso de tan fortísimo impacto, donde como innegable saldo negativo quedarán las dolorosas muertes que se cobró el covid, supimos encontrar un salvador espacio de resiliencia y generar alternativas positivas, avanzar sobre tierra arrasada y sembrar un poco de verde ahí donde sólo flotaban restos del naufragio. La humanidad se encontró ante la nada sencilla tarea de surfear estos tiempos líquidos, donde darle solidez a cada paso no fue ni es tarea sencilla. El homo erectus debió adaptarse una vez más, superando todo tipo de obstáculos y reinventarse con más intuiciones que certezas. La opción ya no era éxito o fracaso sino vivir con plenitud pese a tan ominoso escenario.

Paradójicamente, el contexto pandémico también resultó oportuno y propicio para concretar sueños postergados, recuperar saberes olvidados, aprender nuevas artes y oficios.

¿Y por qué no?

En la mayoría de estos casos de “reseteo y vida nueva” la necesidad económica fue el principal motor para animarse a dar el salto y embarcarse a aventuras impensadas en épocas donde todavía no éramos la piedra de toque de un virus. Paradójicamente, el contexto pandémico también resultó oportuno y propicio para concretar sueños postergados, recuperar saberes olvidados, aprender nuevas artes y oficios. Así, con la premisa del ¿y por qué no? y la imperiosa necesidad de encontrar una respuesta económica, capitalizar talentos que no iban más allá de un hobbie o un mero complemento del hacer cotidiano pasó a ser lo que pondría el pan sobre la mesa, a manifestar esa vocación reencontrada o recién descubierta que devino apuesta vital frente a la hiperactiva parca.

Los ahora o nunca

Alicia L. (38) trabajaba en una empresa de limpieza a la que la cuarentena partió en dos. Primero empezó con el pago fraccionado del sueldo, luego por la reducción de personal y finalmente con el inevitable cierre. Superado el impacto inicial de encontrarse sin trabajo pero no el pánico escénico de tener que salir a buscar un nuevo empleo, Alicia apeló a lo que tenía a mano. Era una excelente repostera, de esas a las que toda la familia recurre para las tortas de cumpleaños y fiestas de fin de año por no tener competencia. Primero empezó compartiendo su propuesta a través de Facebook e Instagram y después, ante la sorprendente respuesta obtenida y los pedidos en alza, instaló su propio local en un rincón de su casa. En sus proyectos de mediano plazo figura desembarcar en algún centro comercial y desarrollar una producción más amplia como para llegar a clientes de distintas provincias.

Mario M. (59) llevaba 25 años manejando taxis y remises. Como contrapeso a tanto estrés y deterioro físico, su mayor placer los fines de semana era capitanear el asado familiar o el de la juntada con amigos. En ese territorio no tenía competencia. Fue en uno de esos encuentros donde su cuñado le dijo, brindis mediante, “vos tendrías que dedicarte a esto. La gente ya no tiene tiempo para nada y un buen asado no lo hace cualquiera. La idea le quedó dando vueltas. Lo habló con su mujer, sacó cuentas (si aprovechaba el retiro voluntario de la remisería tendría un capital como para arrancar) y a través de un contacto en el club del barrio comenzó allí con su propuesta “bien argenta”: asado, choripanes y lomitos. Además de haber sumado a uno de sus hijos, su proyecto gastronómico ahora da trabajo a otros tres jóvenes. Y un detalle fundamental: ya no pasa más de 12 horas arriba de un auto, haciéndose mala sangre con el tránsito y no pocas veces cubriendo el peligroso horario nocturno.

Entre las muchas enseñanzas que nos sigue dejando la pandemia destaca la  revalorización de lo propio, la confianza en esas capacidades y talentos que ya teníamos (y no sabíamos o estaban esperando la oportunidad de aflorar) y la empatía al servicio de una causa más amplia que la de sólo salvarse uno mismo.

Juan R. (27) era empleado bancario, no ganaba nada mal pero sentía que al no haber avanzado en una carrera universitaria tenía un importante déficit de formación que quería subsanar al menos con una carrera corta u otra opción acorde. Aprovechando su natural capacidad para todo lo informático, hizo un curso intensivo de programador, lo complementó con mucho estudio por su cuenta y empezó a buscar trabajos freelance para dar sus primeros pasos. Consiguió en una empresa de México, donde de a poco cumplió con los objetivos, le ofrecieron una mayor responsabilidad y, lógicamente, un mejor sueldo. Juan dejó su puesto de bancario y hoy, asegura, hace lo que más le gusta y además cobra en dólares.

Aldana Z. (30) ofrecía clases de artes plásticas en varios colegios secundarios. Hacía al menos un par de años que le daba vueltas a la idea de dejar horas porque estaba saturada. No es tarea fácil el trabajo diario con adolescentes y tampoco le resultaba gratificante lo que estaba haciendo o, mejor dicho, cómo lo estaba haciendo. A partir de un contacto con los dueños de un geriátrico le ofrecieron darles clases a un grupo de adultos mayores. La respuesta en el otro extremo etario la satisfizo más de lo que pensaba. Un día le propusieron hacer los mismos talleres en otros establecimientos de las mismas características, con lo cual ya no le darían los tiempos para cumplir con los colegios. No lo dudó. Podía ubicar mejor los horarios, eran menos horas de trabajo y ganaba un poco más, pero sobre todo volvía a su casa gratificada; una sensación que con los años de docencia en piloto automático había ido perdiendo.

Casos testigo estos de los tantos “ahora o nunca” que seguramente en este último año y medio escuchamos como un maravilloso ejemplo de que ante situaciones límite, como claramente lo es una pandemia, se puede encontrar un nuevo rumbo tanto en lo personal como en lo económico. Repitamos con Beruete, entonces: “No hay mayor innovación que un cambio de mentalidad”.

Emprender, el mejor antídoto

Entre las muchas enseñanzas que nos sigue dejando la pandemia destaca la  revalorización de lo propio, la confianza en esas capacidades y talentos que ya teníamos (y no sabíamos o estaban esperando la oportunidad de aflorar) y la empatía al servicio de una causa más amplia que la de sólo salvarse uno mismo.

La globalización y la tecnología han ido cooptando todo su paso pero también lograron que dejemos de mirarnos el ombligo y veamos por una vez el de los demás. Quizás así el cambio climático, por mencionar un tema emblemático, en algún momento sea una genuina preocupación de todos y no solo de algunos líderes y bienintencionados militantes de esa causa. Lo mismo para la pobreza y otras tantas desigualdades para las que aún no hay a la vista una vacuna salvadora.

Sin duda son innumerables los nuevos emprendedores que impulsó el fenómeno pandémico, la mayoría de ellos encontrando en la sustentabilidad, los proyectos colaborativos y la economía naranja, pilares fundamentales para proyectos que también -y valga la analogía en modo covid- sean contagiosos y se expandan más allá de toda frontera.

Créditos fotográficos: Portada: Bill ‘Vishnu’ Hulse, EE.UU. Cortesía para Hojas de Inspiración. Foto 1: Sammie Chaffin. Foto 2: Mika Baumeister (Tomadas de Unsplash).

Notas recomendadas