Volver a los pueblos: Vivir mejor en tiempos de teletrabajo

El escritor Rubén Valle explora el fenómeno de las migraciones a pequeñas poblaciones.

La pandemia ha operado como un inesperado estímulo para que un número creciente de personas decida “cambiar de aire”. Razones como bajar los ritmos, encontrar bienestar, apostarle a una nueva economía o conocer una nueva cultura han sido motores para migrar a los pueblos. La digitalización y el teletrabajo han favorecido a estos nómadas del siglo XXI. Una mirada a esta decisión vital que abre las puertas a la conexión con la naturaleza. 

Hoy por hoy el verbo emigrar está más dinámico que nunca. Y no sólo por aquellos que encuentran en Ezeiza la salida a sus planes recurrentemente frustrados (“este país no tiene futuro”, se les escucha cual mantra) o la puerta a un mundo de posibilidades que a priori no parecen tener techo. 

La contracara de quienes dejan la Argentina son los que buscan “adentro” de ella una alternativa para una mejor calidad de vida, apuntando la proa hacia pequeños pueblos del mal llamado “interior”. En realidad, se impone como otro modelo de búsqueda personal para un mismo y concreto objetivo: vivir mejor, sea lo que fuere lo que eso signifique para cada uno. Por supuesto, el “efecto pandemia” no hizo más que potenciar en muchos esa idea que en otros tiempos hubiera sonado idílica, símil a la de los hippies de los años 60 que migraban como gaviotas desatadas hacia cualquier playa, pero que en este particular contexto cobra otro significado: el reaseguro para una vida más natural, sin la inseguridad ni las presiones propias de una gran ciudad y con la oportunidad cierta de trabajar a distancia.

El pueblo y su atmósfera rural entonces como una forma del reencuentro con uno mismo y la posibilidad de recuperar el sabor de las pequeñas cosas en un marco realmente sustentable, donde los vínculos humanos vuelvan a ser parte del día a día. 

El verde imán

La Cámara Argentina Inmobiliaria y algunas ONG que promueven el repoblamiento rural o compilan información de pequeños pueblos, coinciden que no sólo se incrementaron significativamente las consultas para instalarse lejos de las grandes urbes, sino también la compra o alquiler de propiedades donde el verde es el principal imán.

Eso sí, un punto prácticamente innegociable para estos trashumantes del siglo XXI es que sí o sí exista conectividad. Bajo esta consigna, no hay paraíso posible sin wifi. Es que, siguiendo la lógica pandémica, la consolidación del teletrabajo como una opción indiscutida para que el mundo laboral no se desmorone abrió un mundo nuevo y con él el sueño tangible de migrar. 

Internet mediante, hacer home office desde cualquier punto del país, donde uno y su capacidad representan lo importante y no la oficina y su mobiliario, terminó de dar el empujón a tantos que aún no se animaban a apostar por una vida más “unplugged”. 

La migración sostenible

La ONG Es Vicis, creada en 2016 por Cintia Jaime y Daniel Winzenried, desarrolló un modelo para la migración sostenible y planificada hacia pueblos y aldeas rurales. La respuesta obtenida certifica que estaban bien aspectados: hasta el momento se anotaron unos 20.000 postulantes, los cuales quedaron en lista de espera para mudarse a un pueblo. Según Jaime, la Directora de esta fundación, con la pandemia se triplicaron las consultas de gente que quiere dejar las ciudades e instalarse en poblaciones de menor escala. 

Su proyecto Bienvenidos a mi pueblo –que arrancó con casi una veintena de familias– incluye desde capacitaciones para construir una vivienda hasta generación de empleos genuinos en la zona donde se instale el o la flamante migrante o su grupo familiar.  

La prueba piloto, que arrancó en Colonia Belgrano, Santa Fe, ya está haciendo realidad que numerosas familias cuenten con trabajo, salud y educación echando raíces en un entorno seguro, próspero y sostenible. Con 1.300 habitantes, este pueblo fue elegido para ponerle freno a la expansión de las ciudades y empezar a equilibrar la balanza poblacional. Junto a la Fundación Nueva Generación Argentina (FNGA), Es Vicis trabaja en la detección de pueblos de entre 1.000 y 2.000 habitantes, de la provincia de Santa Fe, para que sean futuros receptores de nuevos emprendedores y núcleos familiares. Por lo pronto, cinco localidades ya levantaron la mano con el objetivo de atraer a nuevos residentes. Ellas son San Eduardo, Carmen, Cafferata, Labordeboy y Maggiolo.

Este modelo, adelantan, pretenden aplicarlo gradualmente en otros puntos del país.

Del cemento a la tierra

La periodista Candelaria Schamun (39) es una de las tantas porteñas que un día decidió orientar su GPS más allá de la General Paz. Su elección fue un pueblo bonaerense con poco más de 500 habitantes, calles de tierra y vecinos siempre listos para dar una mano. 

Si bien esta comunicadora considera que “la pandemia funciona como un espejo para medir dónde y cómo estamos”, su proceso comenzó hace unos tres años. Tan convencida estaba de su patriada que junto a un colega crearon el portal Somos Arraigo, un proyecto periodístico para narrar historias de personajes, emprendedores e iniciativas solidarias en sintonía con su propia vivencia de desarraigo por opción.

Candelaria trabajaba como productora televisiva, tenía un sueldo que le garantizaba una vida apacible desde lo económico, pero pese a eso sentía que “no era feliz porque estaba gastando años de vida a un ritmo que no podía seguir”. 

Schamun plantea como fundamental para que esta migración interna no derive en un caos de gente bienintencionada que haya un acompañamiento del Estado con políticas públicas que garanticen conectividad, medios de transporte, actividades culturales y universidades en los pueblos del interior. Algo que, hasta el momento, no está en la agenda oficial, mucho menos con el virus planetario que no da tregua alguna.

Estos lugares, aseguran, se pueden dinamizar y potenciar con teletrabajadores y  nómadas digitales que aportando tiempo, conocimientos y dinero pueden generar un fuerte impacto positivo en esas pequeñas comunidades.

Ruralidad conectada

Los mentores de Pueblos Remotos están convencidos de que “en la intersección entre la nueva economía, el turismo sostenible, la digitalización y el emprendimiento, hay un nuevo camino: la ruralidad conectada”.

Ellos también coinciden en que la irrupción a nivel mundial del Covid 19 impulsó a muchas personas a ver en lo rural no sólo un destino habitacional sino la alternativa real de conectar con sus raíces, de empezar una nueva vida lejos de las grandes ciudades o simplemente de conocer otros destinos y trabajar desde allí mientras se empapan de otra cultura y sus protagonistas.  

El ADN de este proyecto está sustentado en que “la conexión con el mundo rural va mucho más allá del trabajo remoto; es una nueva filosofía que pone en valor la cultura y las tradiciones del entorno, con las posibilidades que ofrecen los trabajos digitales”. 

Estos lugares, aseguran, se pueden dinamizar y potenciar con teletrabajadores y  nómadas digitales que aportando tiempo, conocimientos y dinero pueden generar un fuerte impacto positivo en esas pequeñas comunidades. 

A través de su página web, estos viajeros en red invitan a subirse a su plan de pintar la aldea para pintar un mundo cada vez más colapsado, donde el turismo es otro actor esencial que deberá resetearse y ofrecer renovadas reglas del juego.  

En busca de oxígeno

El dato de que Argentina lidera el ranking de urbanización con un 92% de la población viviendo en ciudades quizás explique porque, además de la humana necesidad de un radical cambio de vida, también el Estado deba empezar a preocuparse –y ocuparse– por esa nada saludable concentración.

Según el último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (2010), Argentina tiene 1.044 aglomeraciones urbanas. Si se suman la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA) y las cuatro grandes ciudades con más de un millón de habitantes (Mendoza, Córdoba, Tucumán y Rosario) en total concentran casi el 50% de la población del país, mientras que la población rural representa apenas un  9%.

El fenómeno de escapar de las grandes ciudades no sólo se da en la Argentina. Países como Estados Unidos, India y Perú reflejan especialmente a través de sus redes sociales un marcado movimiento de emigración interna. Y la pandemia, esa suerte de película distópica que no hace más que dejar su sello en todo, está operando fuertemente un cambio de paradigmas también en lo poblacional.     

Por si no bastaran sólo las ganas de vivir más relajados, más cifras para encender la alarma: ONU Hábitat asegura que si bien las grandes urbes ocupan el 2% del total de la superficie del planeta, consumen el 80% de la energía global, aportan el 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero y generan el 70% de los residuos a escala global.

Para quienes las estadísticas mundiales quizás no sean razones de peso, sí lo son poder vivir a un ritmo más relajado, sin impacto nocivo en el ambiente y en un entorno donde la seguridad no sea al costo de estar encerrado con rejas, cámaras de seguridad y alarmas varias. 

Con esos argumentos, unos imprescindibles ahorros y un punto en el mapa al cual dirigirse, ya se pueden ir armando las valijas, embalando muebles y electrodomésticos, y convencerse de que para empezar una nueva etapa no hay necesidad de hacerlo en un país y un idioma ajenos. 

Si como escribió Federico García Lorca, “los pueblos son libros, las ciudades periódicos mentirosos”, habrá que tomar al pie de la letra la metáfora para dar esa impostergable vuelta de página y empezar a escribir una nueva y verdadera historia.

Créditos fotográficos: Portada: Foto del grupo Conciencia Agroecológica de Lincoln, cortesía Somos Arraigo. Foto 1: Municipio de Uribelarrea (fotografías de los municipios). Foto 2: Cintia Jaime, directora de la fundación Es Vicis, cortesía de Somos Arraigo. Foto: Labordeboy, una de las localidades de Santa Fe que se postulan para recibir emigrantes de las ciudades (Prensa municipio). Foto 4: Cortesía Somos Arraigo.

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