¿Nos cuidarán los robots? Empatía y trabajo en el futuro

El autor Rubén Valle reflexiona sobre diversos oficios y la presencia de androides en ellos. ¿Cambiarán nuestras formas de conectarnos?

Que el mercado laboral cambiará por los efectos de la tecnología ya es noticia de ayer, pero qué pasará con aquellos trabajos donde “lo humano” es difícil de replicar por las máquinas es un debate no sellado aún. Mientras tanto, los robots ya se entrenan ayudando a los ancianos en tareas domésticas y los innovadores tecnológicos nos invitan a adaptarnos antes que los androides nos desenchufen a nosotros.

El cartel pequeño, escrito a mano, con letra prolija y en un tamaño como para que hasta los miopes reparemos en sus palabras, es una propuesta laboral pegada en la puerta de un mercadito barrial. Elsa, a secas, ofrece sus servicios como cuidadora de adultos mayores. Veo con agrado que no usa el piadoso y efectista diminutivo de abuelitos ni mucho menos invoca a los viejitos. Un número de teléfono es la vía que ofrece para ubicarla.

Ya sea porque cuenta con la sensibilidad y empatía elementales para acompañar a quienes transitan sus últimos días, meses o años, o bien porque no tiene otra posibilidad de trabajo y sabe que no sobran los que están dispuestos a esta durísima tarea de asistencia, Elsa ve en el cuidado de ancianos una opción de trabajo medianamente segura. Aunque no quedan dudas de que no es un rubro para cualquiera, no faltan quienes creen erróneamente que todo se reduce a hacerles la comida, darles los medicamentos a la hora indicada e higienizarlos unas cuantas veces al día.

Los ayudantes terapéuticos son otro bastión esencial en materia de contención del paciente, acompañándolo en instancias claves de angustia, miedo o desesperanza. Se erigen como la pieza fundamental en la continuidad en los tratamientos, ambulatorios o no, asistiendo no sólo al paciente sino también en muchas ocasiones a la familia. Son, quién lo duda, un eslabón estratégico.

Sin desmentir la lógica científica de los bots ni de la tecnología destinada al área de la salud, desde la vereda de enfrente se plantea que precisamente los pocos trabajos que sobrevivirán -o deberían- serán aquellos donde la sensibilidad y la empatía no puedan ser “traducidos” al codificado lenguaje de las máquinas.

¿Será posible la tecnoempatía?

El avance implacable de lo tecnológico a escala global muestra en el día a día que no hay aspecto de la organización humana que quede fuera de su alcance. Y es ahí donde se abre el debate de si en el futuro las “Elsas” tendrán trabajo o si, como ocurre en tantos otros ámbitos, serán reemplazadas por robots u otras alternativas mecánicas.

Para el filósofo futurista Yuval Noah Harari la pandemia aceleró lo que él ya vislumbraba en varios de sus pronósticos en cuanto a los trabajos del futuro. “Ahora existe una necesidad urgente de cuidadores y los robots son ideales, porque no pueden infectarse. Muchas instituciones comenzarán a usar robots para más y más trabajos”, ejemplifica el autor de Homo Deus.

Sin desmentir la lógica científica de los bots ni de la tecnología destinada al área de la salud, desde la vereda de enfrente se plantea que precisamente los pocos trabajos que sobrevivirán -o deberían- serán aquellos donde la sensibilidad y la empatía no puedan ser “traducidos” al codificado lenguaje de las máquinas. Caso concreto, el trabajo de cuidadores/as de ancianos y personas enfermas, y de los auxiliares terapéuticos.

En ese escenario, Harari plantea que “la verdadera gran pregunta es psicológica. Como seres humanos, ¿tenemos la estabilidad mental y la inteligencia emocional para reinventarnos repetidamente?”. Y ejemplifica: en el hipotético mercado laboral del 2040 los conductores de camiones ya no serán necesarios pero quizás sean más demandados los instructores de yoga. Sin embargo, a posteriori estos dejarán paso a otras opciones de trabajo que aún ni aparecen en el radar de los empleadores. Y así sucesivamente, en una suerte de imparable bola de nieve.

Suplir lo que falte

Anastasia K. Ostrowski, investigadora de diseño en el Grupo de Robots Personales del MIT Media Lab, aporta una mirada interesante al adjudicar un papel activo a la tercera edad en relación con la tecnología. Su objetivo actual pasa por codiseñar con los adultos mayores robots sociales que estén a su servicio.

En el horizonte que vislumbra, las Elsas quedarán -paradoja inevitable- jubiladas. “Tendremos que adaptarnos a un envejecimiento de la población y a la escasez de personal de atención. Los programas innovadores de atención a las personas, como los hospitales en casa, donde los pacientes son tratados en sus hogares, son un claro ejemplo”, vaticina convencida.

Hasta que llegue el momento donde la tecnología sea la que lo coopte todo, Ostrowski le da un margen de convivencia a robots y humanos. Habiéndose comprobado, dice ella, que las personas mayores son receptivas a que los robots sociales las ayuden con sus actividades diarias (asistencia física, alcanzar o buscar objetos, programar toma de medicamentos, agendar visitas, etcétera), estos instrumentos tecnológicos también podrán facilitar el vínculo con cuidadores, familiares y amigos.

“Una de las grandes batallas del siglo XXI se va a librar entre la privacidad y la salud. Y creo que la salud va a ganar. La mayoría de la gente va a estar dispuesta a renunciar a una importante cantidad de privacidad a cambio de un mejor cuidado de su salud”. Yuval Noah Harari

Privacidad versus salud

Volviendo al historiador y escritor israelí, el problema no pasa por la puja entre humanos y tecnología sino por la disyuntiva de adaptarse o quedarse atrás. Por eso Harari plantea que “la mejor inversión es en inteligencia emocional y en equilibrio mental. Esta clase de habilidades acerca de cómo continuar cambiando y seguir aprendiendo”.

En virtud de que la esperanza de vida sigue en alza, y con ella las enfermedades crónicas y todos los problemas que acarrea la vejez, “una de las grandes batallas del siglo XXI se va a librar entre la privacidad y la salud. Y creo que la salud va a ganar. La mayoría de la gente va a estar dispuesta a renunciar a una importante cantidad de privacidad a cambio de un mejor cuidado de su salud”, sentencia el filósofo autor de Sapiens.

El geriátrico Shin-tomi, en Tokio, es una muestra de que Harari no exagera. Actualmente, esa institución utiliza unos veinte modelos diferentes de robots para cuidar, asistir y entretener a sus longevos residentes. Y, según expertos nipones en tecnología y envejecimiento, se trata de un mercado en permanente expansión, con un impacto económico que será fortísimo.

Hoy te ayudo, mañana te reemplazo

Desde otra óptica, ya no reparando en los androides como “tecnoasistentes” personales, sino pensando en cómo reducir los accidentes de trabajo, el líder de Amazon, Jeff Bezos, prevé para el 2025 reducir esa problemática en un 50% apelando al uso de robots con inteligencia artificial para que asistan al personal en sus tareas cotidianas más peligrosas.

Y posteriormente, aunque el abonado a la tapa de los millonarios de Forbes no lo explicite, la tarea de esos androides ya no se limitará a hacerse cargo de las tareas de riesgo sino que directamente ocuparán todos los puestos laborales. Con sus pro y sus contras, ellos llegaron para quedarse. En la lógica de Harari, esto significa ni más ni menos que a los que todavía jugamos para el equipo de los humanos no nos quedará otra que adaptarnos, reinventarnos, o quedarnos al costado del camino como un simple y resignado testigo de la evolución natural. ¿Natural?

Créditos fotográficos: Portada: Aideal Hwa; Foto 1: Possessed Photography; Foto 2: Daniel Eledut. Tomadas de Unsplash.

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