De burbujas y brechas: Claves para entender y combatir la desigualdad

Juan Diego García, psicólogo y experto en desigualdad económica, analiza este flagelo en Latinoamérica.

Juan Diego García Castro nació en Costa Rica y es Doctor en Psicología Social por la Universidad de Granada, especializado en desigualdad económica. Ha investigado los mecanismos psicológicos y sociales asociados a la desigualdad económica. En diálogo con Hojas de Inspiración, el investigador cuenta cómo este flagelo atraviesa a toda América Latina, retrata los efectos de la pandemia COVID 19 y advierte sobre los perjuicios de las burbujas sociales.

Juan Diego nació en Costa Rica, uno de los diez países más desiguales del mundo. De niño, le enseñaron que Santa Claus (también llamado, “Papá Noel”) regalaba juguetes a los niños que se portaban bien. Sin embargo, ese pequeño no entendía cómo había niños que aun portándose mal recibían tan grandes regalos. “La desigualdad estaba presente en el día a día, veía derroche de dinero por un lado y por el otro a gente buscando comida en la basura”, recuerda.

En su juventud, fue testigo de las protestas entre 2001-2007 en Costa Rica, por tratados de libre comercio, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsado por EE. UU. También conoció a personas que huían de la violencia en otros países de Centroamérica y presenció la toma de tierras sin cultivar por parte de trabajadores inmigrantes.

“Esas contradicciones de la cotidianidad me marcaron la vida. En la Universidad conocí la Psicología Social, un campo que me permitía profundizar mis análisis y ver cómo afectaba la vida de las personas. Hay un mecanismo perverso de cómo la desigualdad contribuye a generar más desigualdad. Es un tema que nos cruza la vida a todos en América Latina”, sostiene García Castro. 

“Generalmente, la ideología que promueve la desigualdad hace que incluso las personas en condiciones más perjudiciales justifiquen la desigualdad”.

Mauricio Manini: ¿Cómo ves la desigualdad en América Latina?

Juan Diego García Castro: Si miras el último informe de la CEPAL, el índice de Gini de América Latina es de 0.46, lo que marca un nivel de desigualdad muy grande. Somos la región más desigual del mundo por dos razones: primero, por nuestro pasado colonial, y segundo por la oligarquía que se crea en las independencias. Ambos modelos acumularon su riqueza a través del despojo.

Nos convertimos en la región más desigual, porque el modelo de acumulación tenía la idea de despojar todos los recursos posibles y enviar esas riquezas a otros países. Ese modelo sigue siendo el mismo hoy, a veces con una obscenidad increíble.

En este tema, ¿cómo se involucra la Psicología Social?

Generalmente, la ideología que promueve la desigualdad hace que incluso las personas en condiciones más perjudiciales justifiquen la desigualdad. Dicen que las personas en condición de pobreza son vagas o no han aprovechado las oportunidades y por eso no luchan por tener un mejor país. Además del mito de que “el pobre es pobre porque quiere”.

Mis estudios universitarios de base son en Psicología. Muchas veces, esa disciplina mira cómo funciona la mente, y eso es algo importante. Sin embargo, no es la principal problemática que tenemos en nuestra región. Creo que deberíamos estudiar más la desigualdad y que la gente entienda por qué piensa como piensa, por qué avala la desigualdad y así luchar para cambiarla.

¿La pandemia profundizó este fenómeno?

En principio hay que aclarar que la desigualdad es distinta a la pobreza, es la comparación entre la pobreza y la riqueza. Latinoamérica como región, con excepciones de algunos países, desde el 2000 estuvo reduciendo la desigualdad durante un largo período de tiempo, con gobiernos que aplicaron medidas de redistribución de riqueza.

Hasta el COVID 19, se estaba reduciendo la desigualdad, pero el empobrecimiento de grandes sectores de la población hizo que la desigualdad creciera, porque los que eran ricos no dejaron de serlo, mientras que las clases medias y bajas se empobrecieron con la pandemia. Las empresas que debieron cerrar fueron las pequeñas y medianas, las llamadas “pymes”, mientras que las grandes empresas se mantuvieron o recuperaron rápido.

Este fenómeno se dio no sólo en la región, sino en todo el mundo. Además los países más desiguales son los que más han sufrido en letalidad y número de muertos, porque hay peores sistemas de salud y políticas públicas de salud. El COVID 19 profundiza la desigualdad económica.

“Al no poder salir o desplazarse fuera de la zona donde se habita, se fortaleció una economía más local, con esta idea de poder contribuir con el negocio de mi vecino”.

¿Rescatas algo positivo de la pandemia?

Hemos visto manifestaciones positivas, como las ollas comunes en barrios populares o la recolección de víveres para personas con necesidad. Al no poder salir o desplazarse fuera de la zona donde se habita, se fortaleció una economía más local, con esta idea de poder contribuir con el negocio de mi vecino.

También hubo un reconocimiento social al personal de salud en la población general, aun cuando después no se viera reflejado en aumentos salariales por parte de los gobiernos. A pesar de que las burbujas sanitarias y el distanciamiento social dificultan los lazos sociales, sigue habiendo manifestaciones de solidaridad en medio de la crudeza.

Cuidado con las burbujas

Los caminos de Juan Diego lo llevaron hasta Andalucía, la segunda zona más pobre de España (después de Extremadura), y a trabajar en el Laboratorio de Psicología Social de la Desigualdad de la Universidad de Granada. En ese grupo, se involucró en una línea de investigación que buscaba indagar por qué las personas más afectadas por la desigualdad justifican el sistema, y trabajó con personas que viven en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua.

Empezó a trabajar en la Universidad de Costa Rica y después volvió a Granada para realizar su doctorado. Enfocó su análisis en la percepción de la desigualdad en la vida cotidiana y cómo motivar a luchar por tener sociedades más equitativas. Incluso, con su antiguo grupo llevó a cabo un estudio que evidenció cómo cuando se hablaba de desigualdad a otras personas usando rostros cercanos, por ejemplo pidiendo pensar en el amigo con menos recursos, crecía el rechazo hacia ella.

“¿Qué nos pasa en América Latina? Que un gran sector de la economía funciona de manera informal y no puede hacer teletrabajo ni vivir en burbujas, tiene que salir día a día a buscarse el pan”.

Llamas la atención sobre los posibles perjuicios de las burbujas en la pandemia. ¿Qué se debe tener en cuenta?

Cuando algunos Psicólogos Sociales hablamos de burbujas sociales, no criticamos su efectividad sanitaria ni la del distanciamiento social, para reducir el efecto de la pandemia. Las medidas para prevenir el contagio por COVID 19 son importantes. Sin embargo, debemos tener en cuenta que estas medidas tienen consecuencias psicosociales.

Las burbujas sociales funcionan bien en países ricos como Nueva Zelanda o Bélgica, con muchas personas con ingresos estables o rentas. ¿Qué nos pasa en América Latina? Que un gran sector de la economía funciona de manera informal y no puede hacer teletrabajo ni vivir en burbujas, tiene que salir día a día a buscarse el pan. Si no hay un estado que contenga ese sector, no será una medida efectiva.

Además, vale mencionar que las personas ricas ya vivían en sus burbujas sociales. Los sectores más pudientes habitan en zonas determinadas, comunidades cerradas donde no puedes entrar. A veces están alejadas  y cuentan con servicios exclusivos, así no tienen necesidad de entrar en contacto con otros sectores de la población.

¿Qué efectos nocivos pueden generar esas burbujas sociales?

Cuando uno no está en contacto con otros sectores sociales hay un proceso psicológico de deshumanización de las personas pobres, de “quitarles” la humanidad. Y ahora, se piensa que el pobre no sólo es distinto a mí, sino que es una amenaza y me puede contagiar de COVID 19. La falta de contacto social tiene varias consecuencias: nos hace más individualistas, genera miedo de los otros e impide conocer las razones por las cuales se encuentran en situaciones de exclusión, desventaja o marginalidad. Todo esto propicia la legitimación de la desigualdad.

Adicionalmente, la convivencia en burbujas sociales lleva también a profundizar la desigualdad con las personas menos favorecidas dentro de la casa, como las mujeres, quienes no sólo tienen el mandato de hacer las tareas domésticas y de cuidado, sino también acompañar a los niños y las niñas en las clases virtuales y sus tareas.

Mencionas recién las clases virtuales, ¿cómo afectaron a la educación y cuál es el vínculo con la desigualdad?

Hay una gran brecha en el acceso digital, los más golpeados son los sectores más desfavorecidos. En Costa Rica, por ejemplo, los colegios privados seguían funcionando, pero los públicos no, porque no podían garantizar el acceso a la educación. Primero, se cerró la escuela pública, después cuando se vio que la situación iba para largo se intentó un modelo de presencialidad mixto.

La brecha educativa de los sectores carenciados en comparación con los sectores privilegiados es brutal. Eso va a traer consecuencias terribles, porque los estudiantes después son el tejido productivo y van a reproducir la desigualdad. Va a tener grandes consecuencias económicas además de las de salud mental que ya sufrimos.

Es necesario invertir más en la educación pública, porque la desigualdad educativa en la mayor parte de los países es tremenda. Desde hace años, el hijo del ministro ya no va a la misma escuela que el hijo del zapatero. Eso después repercute, porque si vas a un colegio privado, tus oportunidades serán distintas. En las universidades públicas sí hay más mezcla entre clases sociales, pero sólo el 10% de la población de América Latina llega a la universidad.

“No hablamos de propuestas que se podrían tildar de comunistas como eliminar la propiedad privada o de expropiar a los ricos, sino de evitar que la gente se muera hoy.”

Las protestas en la región

Ya de regreso en su país, Juan Diego continuó con su labor en la Universidad de Costa Rica. Además, se sumó recientemente al Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) ubicado en Chile, uno de los principales centros de América Latina dedicado al tema de conflictividad social y desde donde analiza la desigualdad que atraviesa al continente.

Durante estos últimos años, Latinoamérica se ha visto sacudida por una serie de protestas, más allá del color del gobierno. ¿Cómo ves estos estallidos?

Está claro que hay protestas por la desigualdad y el malestar social, el FMI y la ONU también lo dicen. Organismos internacionales que no son precisamente de izquierda llaman la atención de que el recrudecimiento de las condiciones de vida lleva a las personas a protestar.

La gente va a seguir saliendo, los estallidos en época del COVID19 han sido generalizados en América Latina. Que la gente salga a la calle en medio de una pandemia es señal de una desesperación total, de que no ve otros caminos.

¿Qué dice la Psicología Social? ¿Por qué la gente sale a luchar?

Principalmente, por la injusticia social, las emociones negativas y los sentimientos de privación. No es solo cuando te sientes enojado, sino cuando te das cuenta de que también lo están tu familia, vecinos y amigos, hay un contagio emocional que provoca que la gente salga a la calle.

Los gobiernos suelen reprimir esas protestas, y eso es terrible de por sí, porque la olla social sigue estando a presión. Se debería encauzar ese enojo hacia medidas puntuales. En la región compartimos problemas similares de desigualdad, pobreza y falta de oportunidades. Sería bueno que el malestar lleve a concretar políticas que nos ayuden a reducir la desigualdad.

¿Qué tipos de políticas podrían concretarse?

Hay propuestas como los impuestos a las grandes fortunas, que no son sólo propuestas de izquierda. El G7 en su última reunión publicó la idea de un impuesto del 15% a las trasnacionales, porque incluso para el capitalismo es malo que un sector canalice tanta riqueza, porque el dinero no circula.

También se propone el ingreso básico universal, que haría que por lo menos los sectores más desfavorecidos no pasen hambre. Todos los países de América Latina producen lo suficiente como para que nadie esté sin comer.

Otro pedido es cancelar deuda de países empobrecidos o al menos reducir intereses. Si usáramos lo que se paga de la deuda en América Latina para mejorar la salud tendríamos menos personas muriendo por COVID 19. No hablamos de propuestas que se podrían tildar de comunistas como eliminar la propiedad privada o de expropiar a los ricos, sino de evitar que la gente se muera hoy.

Para finalizar, ¿qué te inspira?

Me inspira ver gente que, a pesar de las dificultades, lucha por vivir mejor. La desigualdad no es natural o inevitable, podemos vivir de manera más igualitaria y justa. Me inspiran las personas que a pesar de todo siguen luchando. Especialmente en América Latina que está marcada por las muertes de activistas sociales como el caso de Berta Cáceres en Honduras, asesinada por luchar contra la instalación de una represa hidroeléctrica.

Hay anomia psicológica y a pesar de ello hay movimientos sociales que siguen combatiendo. Si se le pregunta al común de la gente, hay gran desesperanza con la crisis de la pandemia. Pero aun así hay personas en toda América Latina que siguen luchando por otro mundo y lo vamos a conseguir. 

Créditos fotográficos: Foto 1 y 4: Cortesía del entrevistado. Portada, Benjamin Disinger; Foto 2: Nick Fewings, y Foto 3: Ia Huh, tomadas de Unsplash.

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